30 reales de fútbol brasileño (por Jose Quesada)

La primera experiencia de fútbol extranjero de Jose Quesada

Cuando apenas comenzaba el verano de 2004, de un día para otro y sin apenas organización, emprendí un viaje exprés a Brasil junto a mi hermano y un amigo. Antes de hacerme a la idea, estaba sentado en un incómodo avión sufriendo un viaje que me pareció eterno. La llegada a tierra no sería mejor, pues el idílico país soleado nos recibió con la mayor tromba de agua que jamás he podido presenciar.

El esperado complejo hotelero resultó ser un insulso edificio que parecía flotar sobre una inmensa marea de callejuelas y favelas de mil colores amontonadas sobre una loma que se alzaba frente una preciosa playa de arena blanca. A pesar de que para entonces la lluvia ya había cesado, aquella estampa no se parecía demasiado al paraíso que prometía la revista publicitaria que nos convenció en España. Aunque siendo sinceros, no nos preocupó demasiado, nos esperaban por delante diez días llenos de aventuras que la inquietud de mis dos compañeros de viaje permitió que descubriera la verdadera esencia de Natal, la ciudad más oriental de América.

Bastaron un par de noches para que los tres fuéramos un grupo de más de diez jóvenes y que nos contagiáramos unos a otros los diferentes fines de nuestro viaje. Así, entre surf, boogies, interminables fiestas nocturnas, expediciones naturales, adentramientos en las peligrosas favelas o viajes a lo más profundo de la ciudad, emergió un plan diferente. Un amigo, al que no he vuelto a ver, tenía marcado en rojo en su bitácora de viaje un partido de fútbol: América – Mogi Mirim. Poco importaba que se tratara de una simple jornada dela Serie B del Brasileirao para un fanático del fútbol como era yo.

Para entonces, la grandeza y diversidad brasileña me había golpeado de tal manera que me había enamorado hasta las trancas y empezaba a sentirme sintetizado con aquel ambiente. Mis incautos ojos europeos lo intentaban captar todo, me parecía tan fascinante divisar a un abuelo tan mojado como el propio mar aguantando a cuerpo uno de aquellos magníficos chaparrones, que un diminuto mono se presentara como inesperado invitado en nuestro boogie o que un colibrí merodeara sobre mi cabeza. Los antagónicos paisajes de aquella gran urbe acariciaban mis retinas, interminables kilómetros de playas vírgenes, una inmensa y agobiante vegetación o una multitud de enormes edificios grisáceos que tanto chocaban con aquellas gentes de sonrisa permanente.

Nos montamos en un taxi tras conseguir un trato aceptable con uno de los conductores que discutían cerca de la playa por bajar los precios a los extranjeros. Un trato que nos dejaba satisfechos tanto a nosotros como al conductor. Esto es algo habitual en Brasil, un país sumamente barato en el que no te importa sentirte timado.

Cuando el tempranero anochecer empezaba a caer sobre nosotros, el simpático conductor nos señaló con la mano una enorme estructura de hormigón que se alzaba al final de la ruinosa calzada y que parecía arañar aquel cielo anaranjado. Era el Estadio João Cláudio de Vasconcelos Machado, más conocido por Machadão, en ese infatigable afán brasileño de apodizar cualquier nombre, quizá una buena muestra de su carácter cercano y acogedor.

El taxi se detuvo delante de un descampado por el que ya marchaban numerosos aficionados. Cánticos, gritos, bufandas, banderas… ese típico ruidoso colorido que hace aflorar lo más visceral del ser humano chocaba de bruces con la tranquilidad, cualidad con el que no dudaría en calificar a cualquiera de las personas que conocí en aquella ciudad y la que, a buen seguro, hacía teñir de un color diferente aquel ambiente futbolístico prepartido .

Conforme nos fuimos acercando, aquel impresionante estadio nos dejó entrever las numerosas grietas que aviejaban sobremanera su aspecto. Sin duda el paso del tiempo había sido implacable con él de una manera cruel, aquella estructura delataba que esa construcción no podía ser tan antigua como su estado la hacía parecer.

Debíamos de ser un blanco fácil para los reventas ya que saltaban a nuestro encuentro sin mayor preocupación, las taquillas parecen no ser necesarias en un país donde cualquiera con el que te cruces te ofrece un abono de temporada. No les fue difícil a mis amigos cerrar el segundo trato ventajoso para ambas partes de la tarde, aunque yo no fui demasiado consciente puesto que la singular estampa del Machadao, que se debatía entre esa desfasada ingeniería futurista de los setenta y una decadencia total, me había dejado embobado. Aquel estadio representaba a la perfección una grandeza perdida, un sentimiento que me obsesiona particularmente. Absorto en mis pensamientos, guié mis pasos tras mis compañeros en búsqueda de la puerta apropiada de entrada. Allí dos voluntarios charlaban tranquilamente, cogiendo sin prisa los pases de los forofos que iban pasando lentamente a su agrietado coliseo.

El interior del estadio me fascinó. Las escasas luminarias permitían apreciar que todo estaba perfectamente oxidado, las manchas de humedad y los desconchones hacían dudar para acertar el color de la ligera capa de pintura interior que vestía el desnudo hormigón. Aún incrédulo que una instalación en esas condiciones pudiera acoger a miles de personas, me saltó a la vista un cálido fogonazo, al final de la bocana ya se podía divisar el terreno de juego. Unos rudimentarios focos despedían una luz tenue que amarilleaba aún más el césped pajizo por el que ya trotaban los jugadores.

Una vez alcanzada la tribuna pudimos apreciar una pobre estampa, el estadio estaba semivacío. Los grupos de aficionados se agolpaban en zonas muy concretas del graderío dejando desnudas las restantes. Apenas un par de gigantes pancartas de las mafias daban cierto colorido al desgastado color gris de aquella instalación que, desde la perspectiva interior, parecía dibujar una ola gigante que cogía altura, a la par que aficionados, en el centro del campo. Dirigimos azarosamente nuestro rumbo, había sitio de sobra en aquellos bancos corridos de hormigón y madera que por momentos me transportaron a un tiempo muy anterior a cualquiera vivido por mí.

Mientras mi mente recorría toda aquella ruinosa instalación y mi imaginación empezaba a volar, uno de nosotros –no me atrevería a decir quién- apareció con varias latas de cerveza, había tenido tiempo de localizar a un vendedor ambulante y tratar el precio de la bebida. El trato seguro que fue, nuevamente, ventajoso para todos, puesto que el vendedor se sentó con nosotros sobre su rudimentaria nevera de corcho imaginando que haría un buen negocio. No tardó en acercarse otro, aunque este era mucho más peculiar, arrastraba un pequeño carrito que ingeniosamente había sido habilitado como una parrilla sobre la que preparaba cualquier tipo de carne al churrasco que vendía insertada en unos enormes palos de pincho.

Dudo si sería el gran poder de atracción de nuestra presencia o lo aburrido del espectáculo lo que hizo presentarse ante nosotros un aficionado local deseoso de presumir de su club. Mi básico conocimiento del fútbol brasileño era suficiente para reconocer al equipo visitante como el club que vio a nacer a uno de los futbolistas más grandes y más infravalorados de los noventa: Rivaldo. Sin duda, para mí, el jugador más completo, atractivo y resolutivo que haya podido presenciar. A aquel paisano le debió gustar mi parecer puesto que ya se situó junto a mí, algo de lo que al principio me arrepentí ya que tendría que aguantar lo que quedaba de partido al típico friki con ganas de charla.

Y así fue como me vi compartiendo cerveza, pinchito de vete tú a saber qué carne y una acelerada clase de historia de fútbol brasileño que ahora recuerdo menos de lo que me gustaría. Lo que me relataba aquel hombre, cuyo nombre me fue imposible de recordar ya antes de poner rumbo a España, cautivó mi atención. Sin duda, el América se trataba de un gran club al que empezaban aflorarle las heridas bajo un polvoriento traje de gala y que regentaba un ruinoso estadio semiabandonado mientras que otro flamante se construía a ritmo de hormiga en la otra punta de la ciudad. Todo me era inmensamente familiar, parecía hablarme de mi querido Granada C.F., que por entonces se hundía en la Tercera División.

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El paso del tiempo me permite entender ahora que ya entonces todo giraba en torno al lejano Mundial de fútbol de 2014. Al igual que en los noventa en Granada todo giró sobre los campeonatos mundiales de esquí y poco importó que terminado el glamuroso acontecimiento el flamante estadio estuviera semivacío jornada tras jornada. Lo mismo ocurriría con Das Dunas, lujosa casa alquilada a un moribundo América de cuarta división.

Cerveza tras cerveza pasamos aquel tedioso espectáculo que acabó en empate de dos clubes históricos venidos a menos y que un mes más tarde descenderían abrazados a la Serie C. Nos despedimos de nuestros queridos anfitriones sabedores de que jamás sabríamos unos de otros. Poco nos importó a todos. Unos se fueron con los bolsillos llenos, otro con la conciencia tranquila de haber traspuesto su sentimiento a Europa y nosotros pensando a donde dirigíamos el rumbo aquella noche que acaba de comenzar.

Poco me queda ya de mi primera experiencia del fútbol extranjero, apenas un borroso recuerdo en el que emerge un gigante construido para acariciar el cielo y al que el fútbol moderno derrotó, cinco fotografías y una curiosa entrada, poco mayor que un billete de metro, guardada en un cajón.

 

PD: El Estadio João Cláudio de Vasconcelos Machado fue demolido en el año 2011 para para dar paso al Arena das Dunas, que fue sede del Mundial de Brasil de 2014.