Auf Dynamo! (por Javier Guerrero)

     Auf Dynamo! Era lo único que existía en mi cabeza. Era un soleado domingo de Noviembre en Dresde (Dresden para los locales), tenía una bufanda amarilla y negra en el cuello, una cerveza Feldschlösschen en la mano y en mi cartera la entrada para entrar en el K Block del Rudolf Harbig Stadion. Por fin iba a poder asistir a un encuentro al otro lado del ya inexistente telón de acero, concretamente iba a ser un partido del Dynamo Dresde contra el Greuther Fürth, ambos en la Bundesliga Zwei. Estaba emocionado, feliz y hasta un poco nervioso. Pero, ¿a qué se debían las ganas de conocer a ese equipo?

Pues todo había comenzado años atrás. Un buen día en su infancia, uno descubre que Alemania es Alemania desde hace poco, que cinco años antes de haber nacido, Alemania eran dos. Contrariado le pregunté a mi padre (sí, yo digo padre, no papá).

— Padre, ¿dos Alemanias? Dos. ¿Por qué padre?

— Porque después de la II Guerra Mundial, el país lo dividieron en dos, de un lado el bloque capitalista y del otro el comunista.

—¿Y con la liga que pasó?

— Pues lo mismo. Dos países, dos ligas.

Entonces el viejo empezaba a contarme historias de la guerra y siempre reparaba en una, el bombardeo aliado en Dresde.

—Era una ciudad preciosa, la “Florencia del Elba” y la arrasaron en 1945. Ojalá algún día pueda ir a conocerla. Después de la contienda cayó en el lado comunista y su equipo, el Dynamo, fue uno de los grandes de la RDA.

IMG-20161118-WA0034

Cuando crecí, lejos de ponerme a esclarecer si la lluvia de bombas sobre la urbe fue un objetivo estratégico o un castigo a los alemanes por los horrores nazis, mis búsquedas en internet iban más dirigidas a conocer la grandeza,real o no, del SG Dynamo Dresde.

Y sí fue un grande, fue un auténtico grande. Su historia, como la de tantos “Dynamos” del mundo, nace a la vera de la policía del estado, pero eso lo hizo rivalizar con el otro Dynamo del país, el berlinés y verdadero equipo de la Stasi. Política a parte, Dresde saboreó las mieles del balompié con ligas y conquistas coperas. Pero en el viejo continente era otro asunto, siempre se quedaba a las puertas de triunfar, quizás como el propio socialismo que regía su patria, aquella nación de la que algunos jugadores huyeron en una eliminatoria ante el Bayer Uerdingen.

Pero dejemos la Guerra Fría y todo el contexto de una época pasada para centrarnos en la batalla más noble de la humanidad, la que enfrenta sobre el verde a once hombres contra otros once por la conquista de la gloria más banal y perpetua que tiene occidente: la deportiva. Y dejemos la historia del Dynamo, y volvamos a mi historia.

En el 2016, veinte años después de haber nacido, y veinticinco desde que cayera el muro, todo se precipitó y todos los caminos, en lugar de ir a Roma, conducían a Dresde. Uno de mis mejores amigos había solicitado la beca Erasmus, y se la aceptaron para la capital del estado de Sajonia. Además, mi equipo jugaría la Dresden Cup ese verano, el Trofeo Carranza de ellos. Me fue imposible ir en el período estival, pero tenía todo un año para ir a ver a mi amigo y el único requisito que le puse fue que le visitaría un fin de semana en el que el Dynamo jugara en casa.

Rápidamente fuimos varios los que no dudamos en hacer ese on tour con la excusa de nuestro amigo Ignacio. Y afortunadamente, tengo amigos de orden que aceptaron de buen gusto hacer coincidir las fechas y poder así ver un partido. El plan era salir de Sevilla un jueves y volver un martes, distribuyéndonos esos días entre Berlín, Praga y como no Dresde. Haciendo el croquis del viaje lo vimos claro, domingo 20/11/2016, Dynamo Dresde – Greuther Fürth, y ahí que le hablamos a Ignacio para que sacara las entradas. Estaríamos, nada más y nada menos, en el K Block, la grada de los ultras, una de las más espectaculares de todo el fútbol europeo.

Pero ser un referente de los radicales alemanes sale caro de cuando en cuando. Dos semanas antes de nuestra travesía, la federación pidió el cierre de la grada para el partido al que íbamos a acudir. El motivo fue las protestas que el grupo había realizado contra Red Bull Leipzig en un partido de copa. El culmen de las mismas fue tirar una cabeza de toro al campo. Por qué se hacen esas cosas en Alemania contra el Red Bull, da para otro artículo.

Afortunadamente para nosotros, la propuesta de cierre se quedó solo en una cuantiosa multa y podríamos asistir al partido tal y como planeamos. Yo hice los deberes, el cancionero aprendido y la historia leída. En mi mente cantaba “Auf Dynamo!” y mi favorita “Ich hatte ein Traum…”, una bella canción que narra el sueño de un aficionado en el que el Dynamo volvía a la grandeza de antaño en Amsterdam, y se proclamaba campeón de la Copa de Europa. ¿Y por qué no soñar con eso? ¿Hay algo más bonito que la esperanza? La historia se la debe. La del Dynamo es una moral forjada a prueba de derrotas dolorosas, en noches en las que se dio todo y se mereció más. Auch wenn wir verlieren, manquepierda en alemán. Quizás por esa esperanza, o por esa nostalgia de lo que nunca sucedió pero que de algún modo extraño sabes que disfrutarás algún día, me sentí tan identificado con la hinchada del SGD.

El día de partido, como dije antes, amaneció soleado. Sol alemán eso sí. Muy temprano me puse en marcha. Había algo de cansancio, la noche praguesa, y la “transicodelica” actividad nocturna de Dresde, estaban haciendo mella. Un servidor se levantó a las ocho de la mañana para darse un paseo con dos amigos que se habían incorporado más tarde al viaje y aún no habían visto los monumentos. Los demás se unirían directamente en la previa. Después de ver el centro de la ciudad, una rápida búsqueda en google maps fue suficiente para lanzarse a la aventura de ir andando al estadio. Si puedes ir andando, hazlo. El camino hacia la cancha es sagrado y te prepara como un creyente que va a misa. Asegurarnos de que íbamos en la dirección correcta fue fácil, un par de hombres de mediana edad ataviados con sendas bufandas aurinegras se cruzaron en nuestro camino y con ellos compartimos recorrido.

El más simpático me preguntó de dónde veníamos, obteniendo Sevilla por respuesta. Al decirle que era bético, sonrió, y me dijo que en verano habíamos ganado aquí la Dresden Cup. Entre mi alemán y mi inglés, algo básicos, lográbamos entendernos. El hombre me decía que no veía claro el partido, que tenía sus dudas. Yo se las despejé, seguro que el Dynamo ganaba.

Al llegar al estadio fui a la tienda del club. En la cola para pagar la bufanda me encontré con el señor que me había dado conversación durante el trayecto. Sonriendo me enseñó el calendario de adviento que había comprado para su hijo pequeño. Nos deseamos suerte y nunca más supe de él.

Aunque me encanta el chocolate, el cuerpo me pedía una cerveza. Y en unos pequeños puestos, cual feria navideña, me surtí de la primera del día. La previa comenzaba. Cuanto más tarde es el partido, más bebe la gente y más loco se vuelve el ambiente, al menos esa es la norma aprendida en España. Ese día, al ser el choque a la hora de comer, la cosa estaba tranquila. La gente conversaba y todo era calma antes de la tempestad.

Ya dirigiéndonos al estadio, vi el primer detalle que me volvió loco. Los ultras habían colocado cajas vacías para que la gente dejara los envases de vidrio usados en la previa, ellos los recogerían y los llevarían al supermercado para que les devolvieran el precio del mismo. Todo lo recaudado iba destinado a pagar la multa impuesta por las protestas ante el RB Leipzig.

En el exhaustivo control de seguridad me hicieron vaciar los bolsillos y me cachearon por completo. El guarda tocó algo en el bolsillo que había olvidado mostrar. Era un bollito de chocolate que me sobró del desayuno. Con toda la cara (y el cuerpo) que tenía de Samwell Tarly lo vio y me sonrió. A él le gustaba el chocolate también.

Una vez dentro, los bajos de la grada estaban decorados con grafitis del grupo y del equipo que conseguían meterte en la película. Al atravesar el vomitorio me giré y miré hacia arriba. Ahí estaba yo, a los pies de una de las mejores gradas de Europa. Restaban diez minutos para el inicio de un momento que no olvidaría jamás.

Buscamos un lugar para colocarnos en el abarrotado muro aurinegro. El fondo rugía, animaba, y lo que más me impactó es que todos lo hacían. Me dejó impresionado, para bien, comprobar como de pie a mi derecha había un señor de unos setenta años, a mi izquierda dos matrimonios de unos cuarenta, y debajo un grupo de amigos de unos dieciséis. No importaba la edad, importaba el sentimiento. Si el equipo ganaba se ponía más cerca del ascenso que del descenso. Las miradas brillaban y el ceño se fruncía, síntoma inequívoco de esa combinación de sueños y nervios antes de que el esférico eche a rodar.

Bufandas al viento, la afición cantó el himno para recibir a sus jugadores. Cuando este acabó, y antes de que todo arrancara, al grito de “SG Dynamo, SG Dynamo, Dynamo, Dynamo, oee” un tifo nos cubrió la visión por completo. Una vez estuvo enteramente desplegado, todos en el K Block levantamos los brazos y empezamos a moverlos de un lado a otro haciendo que el cubregradas se moviera a nuestro compás.

Con el choque ya iniciado cayó la gigantesca lona y continuó un delirio que no paró ni un minuto de los noventa. No es una forma de hablar. La gente animaba, animaba y animaba. Y cuando se cansaban, le daban un trago a la cerveza y seguían alentado. Y lo hacían todos, los mayores y los niños. Y si había que saltar, los ancianos saltaban. Era una locura, era amor, era fútbol.

Además de a la grada, lógicamente, prestaba atención al césped. Los nuestros con camiseta amarilla y calzonas negras, los otros con elástica blanca y pantalón verde. Voy a hacer una pequeña confesión, no me gustó ser local contra el Greuther Fürth. El Greuther Fürth además de haber nacido un veintitrés de septiembre, como un servidor, vestía de verde y blanco como el equipo de mis amores. Y lo peor era que unos meses antes me había comprado para mi colección su casaca titular. Pero el sentimiento de culpa no duró mucho, los ultras rivales sacaron una pancarta dando su apoyo a los locales por la represión sufridas por las protestas, justificadas protestas, que casi me dejan sin partido. Todo el estadio agradeció el gesto dando a los visitantes una sonora ovación. El Dynamo me recordaba en su gente al Betis, y su gente aplaudía a un equipo verdiblanco, todo encajaba.

En cuanto al nivel futbolístico, era la segunda división alemana. Messi no jugaba, pero no hacía falta, en su lugar estaba Akaki Gogia, un extremo derecho que nos dejó boquiabiertos. Como driblaba, como bailaba a los rivales, un genio desconocido para el gran público, el “Trinche Carlovich” (que en paz descanse) de la Alemania del Este. De origen georgiano y con el dos a la espalda. Puro carisma.

Se desarrollaba la primera parte en un intercambio de golpes, bueno, de tortitas más bien. Los dos tuvieron alguna ocasión pero por lo general llevaban menos peligro que un niño en una tienda vegana. Transcurridos veinte minutos, un balón largo provocó el error de un zaguero verdiblanco, que no acertó a despejar, y dejó el esférico botando para que rematara a gol un jugador del Dynamo y la grada se volviera loca. La cerveza volaba al grito de tör, puerta en alemán, gol en alemán. ¿De quién fue el tanto os preguntáis? Obviamente de Akaki Gogia, que en ese momento se estaba convirtiendo para mí en un profeta de la religión con más adeptos en Dresde.

Ya en el descanso, merecido descanso tanto para equipo como para hinchada, volví a los bajos del hormigón para recargar mi cerveza e ir al servicio. Un amigo me dijo que él me la pedía y me puse a pasear hasta que di con una cabaña en la que se vendía material de la grada. Para traer algún souvenir a ciertos colegas que sé que fliparían, compré tres packs de pegatinas de los ultras y me volvía a mi sitio. Trago a la birra y el Dynamo saltaba al campo. Quedaban cuarenta y cinco minutos. Nada estaba decidido.

La segunda parte fue igual que la primera: ambiente en la grada e igualdad en el terreno de juego. Poco a poco el Greuther Fürth fue envalentonándose y creyéndose que podía tener el empate, y casi lo tuvo, pero nuestro arquero lo evitó. Cuando más tensión se palpaba en el Rudolf Harbig Stadion, la magia apareció. La magia, el arte, el toreo, el baile. Salió el artista y dijo: esto lo resuelvo yo. Un balón largo en una falta en el medio del campo buscaba a Akaki. Control de pecho, media vuelta y, sin que bajara, una volea que ponía el dos a cero en el marcador. Su diestra había abierto la lata y ahora encarrilaba el partido. Ni que decir tiene que después del espectáculo que estaba dando el germano-georgiano, mis amigos, al igual que yo, habíamos entregado por completo la cuchara. Akaki Gogia era nuestro pastor, nada nos faltaba.

Tras el dos cero, la felicidad nos embriagó a todos los asistentes. Los cánticos no eran de aliento, eran de alegría. Pero si el Dynamo se parece al Betis en muchas cosas, en sufrir no iba a ser menos. En una jugada absurda a falta de pocos minutos, los visitantes recortaron distancias y tuvieron el empate en sus manos. Afortunadamente el árbitro pitó el final antes de que la fiesta se hubiera convertido en un papelón digno de tardes de puro bochorno.

La plantilla se acercó a la grada a agradecer el apoyo. Cantaron con nosotros. Habíamos ganado. ¿Habíamos? Sí, a esta altura de la película era uno más, y el señor mayor de setenta años me abrazaba emocionado. Me contagié de todo aquello y por un momento creí que volvería en quince días. El sol se ponía, la cancha se vaciaba. Aún retengo en mi retina aquel atardecer. Unas fotos para recordar que habíamos estado allí y rumbo a una nueva (y última) noche por Dresde. Habíamos ganado y ese fin de semana mi Betis también había ganado, felicidad pura y dura. La cerveza debía continuar.

Unos años después, no sé si todas las similitudes que encontré con mi equipo las provocó el hecho de que era la primera vez que iba a un estadio para ver a otro que no fuera el Betis. Lo cierto que después he conocido otros países, otros equipos, otras canchas, pero la sensación de estar a gusto, como en casa, la que tengo en el Villamarín cada dos domingos, no la he encontrado nunca, pero en Dresde desde luego encontré el edulcorante más próximo. La primera vez nunca se olvida, y mi primera vez con el Dynamo Dresde fue inolvidable, mejor que el sexo.

Javier Guerrero

twitter: @BetisShirts

 

ANEXOS:

TIFO

 

GOLES: