Cuando el Betis juega se moja el agua (por Enrique Roldán)

     Yo no vi jugar a Cardeñosa. De hecho, mi primer recuerdo en verdiblanco es el ascenso en Burgos de la temporada 93/94, cuando Cuellar, Merino y compañía consiguieron devolver al Real Betis Balompié a la categoría en la que “El Flaco”, a pesar de aquel añito en Segunda, había deslumbrado a buena parte del país. Atila Ladinsky (no el húngaro, que en paz descanse, sino el sevillano) ha asegurado que “no había otra cosa más bella y sencilla que la maravilla de verlo jugar”. Y yo, cada vez que escucho ese pasodoble en el que se mezcla el sentimiento bético y la música que Juan Carlos Aragón toca desde su Torre de Preferencia, no hago más que echar la vista atrás para imaginar cómo habría sido ir al Villamarín durante los años 70.

Julio-Cardeñosa

       El viaje físico a un Villamarín setentero y lleno hasta la bandera se antoja un poco complicado. No obstante, creo poder asegurar que en el año 2019 fui testigo de lo más parecido a un partido de los que jugaron Esnaola, Cardeñosa y Alabanda. Estoy hablando del Antoniano – Betis, aquel encuentro de Copa del Rey en el que el Betis jugó de visitante en su propio estadio bajo una manta de agua que no dio tregua durante prácticamente los 90 minutos. La eliminatoria debía jugarse a partido único en el estadio Municipal de Lebrija, pero el campo no cumplía con los requisitos de la Federación Española. Este hecho no deja de ser curioso; y que nadie me malinterprete, estoy encantado con la Copa del Rey a partido único. Incluso considero que este formato también debería usarse en las semifinales, pero creo que no tiene demasiado sentido establecer determinadas normas sin tener en cuenta que los estadios afectados no van a ser capaces de cumplir los requisitos exigidos. Que esto sea decisión de Rubiales o resultado de la presión de dos equipos de los grandes, que por cierto no alcanzaron la final, nunca lo sabremos.

            Pero así fue, Lebrija se quedó sin ver jugar al equipo de su pueblo y ante la tesitura de elegir varios estadios en los que disputar el partido se optó por el Benito Villamarín. Los directivos del Antoniano se vieron ante la posibilidad de hacer la recaudación de su vida pues, más allá de todos los aficionados que se desplazarían a Sevilla, el hecho de que el partido se disputara en la casa de los béticos provocaría que la afición verdiblanca respondiese y se alcanzara una buena entrada. Pero la climatología no se puso del lado de aquellos directivos y durante el día del partido diluvió en Sevilla como si no hubiera un mañana. Y ahí está la clave, o la madre del cordero que diría mi abuela: aquel chaparrón interminable forjó las circunstancias que permitieron que yo viviera un partido setentero en pleno siglo XXI. Gabriel García Márquez dijo que “cuando el Lebrijano cantaba, se mojaba el agua”, pero parece que aquel día el agua le quiso devolver al pueblo de Lebrija todas las veces que se había mojado por culpa del cantaor. Como los béticos también estábamos allí, el agua no hizo distinción ninguna, y cuando no llevábamos ni quince minutos de partido, el paraguas se me había roto y el pantalón había absorbido agua como para llenar una bañera.

            Es obvio que un paraguas roto y un pantalón calado no son suficientes para retrotraerte 50 años, pero aquel día se dieron más factores que me hicieron sentir como aquellos béticos que a finales de los 70 habían sido testigos, en menos de dos décadas, del retorno a Primera y de la conquista de la Copa del Rey. Creo que la clave estuvo en el césped. No sé cuántos metros cúbicos de agua cayeron, pero el terreno de juego comenzó a parecerse más a un patatal que a las alfombras verdes que hoy en día suelen encontrarse en los campos de fútbol. Aquello propició un juego tosco, aguerrido y exento de calidad, la cual apareció con cuentagotas gracias a destellos de Laínez y Tello. Patadones, tanto al balón como a las piernas, charcos como piscinas en las áreas y unas camisetas tan caladas que pesaban varios kilos de más. Para haber sido un viaje en el tiempo completo eché de menos algo de barro y que Borja Iglesias hubiera salido del campo con fango hasta en las orejas, como solía ocurrirle a Maradona. Pero por suerte vivo en Sevilla y no en Sunderland. No olvidemos que Dios aprieta pero no ahoga.

            El ambiente de la grada, además de lo visto en el campo, no pudo ser más propio de tiempos pasados. Las predicciones meteorológicas habían provocado que se vendieran pocas entradas, de manera que la mayoría estábamos en el anfiteatro bajo, haciendo que los allí reunidos nos sintiéramos muy cerca del césped, recordando otras épocas en las que no había más que un anillo. El partido arrancó con el himno del Antoniano, pues jugaba de local, y fue raro mirar alrededor, verse apretujado con muchos béticos con los que normalmente no compartes asiento, y no poder escuchar aquello de “estamos apiñados como balas de cañón…”. No obstante, se empezaron a escuchar cánticos tan puros y castizos como el “Alabín, alabán, alabín, bon ban”, que a día de hoy solo se escucha en el Villamarín de higos a brevas; el “musho betis musho betis eh”, un grito que espero que nunca pase de moda; o ese compás por palmas tan característico de nuestra bendita ciudad. Eso sí, se tocaban las palmas y se cantaba cuando el tiempo lo permitía porque, por mucho que estuviéramos más o menos resguardados, el viento corría a su antojo y los chorros de agua que atravesaban el hormigón te podían empapar en cualquier momento.

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            Y allí estaba yo, en la última fila de fondo que más o menos estaba techada, con tres paraguas a la altura de las piernas para evitar que cada calcetín se bebiera un par de litros de agua. No tenía tres paraguas porque el ansia me hubiera vencido. Es más, paraguas que uso, paraguas que pierdo. Tenía tres porque aquel día me senté a ver el partido con dos grandes béticos que hicieron que la experiencia fuera más genuina si cabe. Uno de ellos es mi buen amigo Carlos, socio desde que tiene uso de razón. No soy yo quien para repartir carnés de bético, pero a día de hoy creo que no conozco a nadie que sienta el Betis tanto como él. Y punto. El tercero en discordia era su padre, Carmelo, probablemente uno de los hombres más gracioso (y bético) que te puedas echar a la cara. Sabe más el diablo por viejo que por diablo, y Carmelo, que ha vivido algún que otro partido agarrado a las vallas verdes, tuvo la fantástica idea de llevarse algo de vinito dulce al campo. Yo sé que está prohibido, pero la ocasión lo requería. Llovía a cántaros, era un día entre semana y buena parte de los aficionados eligieron verlo desde su casa, de manera que aquellos que decidimos ir al estadio teníamos el cielo ganado y el vino permitido.

            Aquello fue el culmen. Un partido a ras de campo, cánticos con más años que la humedad, césped peleón, juego tosco y el vino dulce que había traído Carmelo. Pasamos el partido entre risas, buches de vino, palmas, canciones y gritos de gol, porque eso sí, por suerte cantamos goles y ganamos 4 a 0. En lugar de Cardeñosa jugó Laínez, pero aquel partido, por la compañía y el ambiente, bien podría haberse disputado en el Villamarín de los 70. Ese estadio ha sido testigo de las venturas y desventuras de un equipo capaz de aguantar tempestades como la de aquel día, poniendo a prueba la fidelidad de aquellos que contra viento y marea, literalmente, nunca han dejado solo al Betis.

Enrique Roldán

Twitter: @enrolcan