Del Villamarín a Cracovia (por Javi Guerrero)

Antonio Gala dejó una frase para la posteridad: “lo malo no es que los sevillanos piensen que tienen la ciudad más bonita del mundo, lo peor es que pueden que tengan hasta razón”. Y hoy vengo a contarles como hice un viaje desde la urbe más bella del globo a la más preciosa de las poblaciones que tiene Polonia, Cracovia. Esta travesía contiene dos estadios, dos ciudades, dos países, cuatro equipos y, como no, una mujer. Arrancamos.

Corría el mes de noviembre del año 2018 y este al que leen había cometido el error de mantener una relación a distancia con su pareja. Yo vivía en la ciudad del Betis y ella estaba de Erasmus en Cracovia (las risas sátiras déjenlas para luego queridos lectores). Si bien yo era un joven estudiante de ADE indocumentado, necio y locamente enamorado, todo lo que sentía por mi novia no se podía ni comparar a lo que mi corazón experimentaba, y experimenta, con el amor de mis amores, el Real Betis Balompié. Así que por mucha Erasmus en la que estuviera mi señora, no podía perderme un partido de “Su Majestad” por ir a verla. Estudiando fechas de exámenes y disponibilidad de conexiones aéreas, cuadré tomar el vuelo de ida el diez de noviembre, lo que permitiría estar en Sevilla el ocho del mismo mes y asistir a todo un Betis – Milan de la Europa League.

Era jueves de competición europea. Me desperté solo en mi casa y tenía clase por la tarde, clase a la que por supuesto iba a ir el portero de la puerta quince, porque yo, no. Con toda la mañana por delante me preparé un capuccino en la Dolce Gusto y lo degusté mientras leía el último ejemplar de la Revista Panenka, el cual estaba dedicado al Betis. Momento muy snob la verdad, otro ejemplo de lo indocumentado, necio y locamente enamorado que era. Si lo prefieren pueden decir directamente gilipollas, se lo permito, querido lector. Cuando ojeaba lo que Eder Sarabia sentía en el Villamarín, sonó mi teléfono, era María, mi novia. Acababa de recibir un mensaje que me decía: “¡Gordi!!Buenos días! En dos días te tengo aquí”. ¿Sonreí? Sí. ¿Le respondí alguna cosa pastelosa que no voy a reproducir? También. Pero conforme bloqueé el móvil ya tenía mi mente en lo que había que tenerla. Era jueves de competición europea y recibíamos a un siete veces campeón de Europa.

Al contrario de lo que muchos de ustedes podrán pensar, yo les tenía el mismo miedo a los milaneses que el que le tengo a una pelusa, ninguno. Crecí con la historia de que los eliminamos de la Recopa en 1977, y viví como en dos amistosos en 2007 y 2017 les ganábamos. Y, por si fuera poco, en la ida de la presente temporada les habíamos vencido en San Siro, ¿miedo? Cómo iba a tenerlo si les calentábamos las cachas cada vez que los cogíamos. Pavor me daba jugar contra el Leganés o recibir al Elche.

Pero como lo cortés no quita lo valiente, hay que reconocer que es más estimulante jugar contra ellos que contra el Dudelange. Así que la previa prometía bonita. Ducha, vestuario para la ocasión, foto a la parienta y móvil en modo avión que había que ir a Tierra Santa. Hacía mucho frío aquel día, pero el William Lawson ayudaba a sobrellevarlo. Ay don Guillermo, cuántas noches de gloria has estado acompañándome. Ya con las copas terminadas y con el partido cerca de arrancar, puse rumbo a mi localidad de Gol Norte. No se me olvida el ambiente antes del pitido inicial. Gol Sur 1907 había preparado un precioso tifo que rezaba “Vuelven las grandes noches del Balompié” y el club había repartido unas minúsculas pegatinas verdes que, al adherirlas a flash del móvil, iluminaban del color de la esperanza nuestro bendito Villamarín.

Del partido en sí poco hay que decir. Empezamos ganando, nos empataron y Tello se quedó solo con Sanabria al lado, pero en vez de dar un pase de la muerte, disparó y nos costó no pasar del empate. Tablas que sin duda daban por buenas los rossoneri, aunque este resultado nos beneficiaba bastante más a nosotros que a ellos, pues encarrilaba nuestro pase a la siguiente ronda.

Llegué a casa y me puse hablar con María. Me mandó una foto de cómo estaba su calle, había niebla, muchísima niebla y me dijo que los padres de su compañera de piso no pudieron aterrizar en Cracovia una semana atrás por la misma niebla. Yo pensé que ojalá no me pasara a mí.

Ya era sábado por la mañana y me disponía a viajar. Estaba nervioso, emocionado y expectante. Nervioso por verla, sí. Emocionado por estar en persona con ella, cosa que no ocurría desde agosto con todo lo que ello conllevaba, pues claro. ¿Y expectante? La expectación venía porque el Wisla jugaba ese mismo día en casa, y yo iba a estar a escasos veinte minutos en tranvía del estadio. Joder, quería ir, a ver cómo la convencía.

El vuelo fue normal hasta que sobrevolamos la ciudad. Efectivamente había más niebla que en la sauna de Bob Marley y empezamos a dar vueltas en el aire esperando que se despejara. Afortunadamente esto ocurrió pronto y aterrizamos en Polonia. Empezaba sin lugar a dudas el día de fútbol más raro que he tenido en mi vida.

Para evitar momentos de películas de Jennifer Aniston, voy a avanzar directamente a cuando llegamos a su piso y me presentó a sus dos compañeras y al novio de una de ellas, Raúl, un tío clave en esta historia.

En medio de la típica conversación intrascendente Raúl soltó: “Hoy juega el Wisla, ¿os apetece ir?”. En ese momento creí que Raúl era otro majara futbolero como yo, pero está claro que adelanté acontecimientos. Aun así, el chaval había propuesto un plan y yo quería decir “sí”. Mi novia se adelantó y respondió: “yo por mí sí. Javi, ¿quieres?” ¡Cómo no iba a querer hija de mi vida! Más de un año juntos y me hacía ese tipo de preguntas, normal que nuestra historia acabara mal.

El caso es que quedamos en que sobre las seis y media saldríamos para el estadio, ya que el partido era a las ocho y media. Pero aún no era ni la hora de comer, así que María me paseó por el barrio y me hizo probar algo que a día de hoy sigo sin saber qué coño era. No soy una persona delicada para las comidas, pero aquello te lo echaban para atrás hasta los patos del parque de María Luisa.

Tras la ingesta paseamos rumbo a su casa, estaba claro que el turismo lo íbamos a dejar para otra ocasión. Yo ya había estado en Cracovia pocos meses antes con mis padres y tenía más interés en “conocer los secretos de su dormitorio” que en recorrer su casco histórico. Como caballero que soy, o intento ser, no voy a dar detalles de las dos siguientes horas, pero cabe destacar que los dos bordamos el toreo. Seguramente influyó el hecho de que ambos nos teníamos las mismas ganas que le tengo yo a un partido con público post-pandemia, pero lo que estaba claro era que aquello es como montar en bici, nunca se olvida.

Tras aquellos momentos de puro placer caíamos dormidos y yo me desperté primero sobresaltado. Era completamente de noche. Interrumpí el sueño de mi novia para decirle: “nos hemos quedado dormidos y esta gente se ha tenido que ir al fútbol”. La cara que mi novia puso de “eres tonto” no tuvo precio. Eran las seis y cuarto de la tarde y yo creía que eran por lo menos las diez. Pequeña reflexión, que triste vivir en un país donde a las cuatro de la tarde ya está anocheciendo, para morirse del asco.

A los pocos minutos, una de sus compañeras de piso nos preguntó si estábamos visibles y nos comentó que era hora de vestirse y tirar para el partido. Mi novia se tenía que duchar y otra compañera también, así que Raúl tuvo la feliz idea de que él y yo fuéramos primero al estadio para ir sacando las entradas mientras las niñas se arreglaban. Acepté y puse rumbo con Raúl al Henryk Reyman.

El modo más rápido de ir era en tranvía. Todos los erasmus usaban una app que te indicaba las diferentes opciones de transporte público, gratis para ellos, con las que moverse por la ciudad. He de decir que si algo tengo desarrollado es el sentido de la orientación. Y como era mi segunda vez en la ciudad, podría haber ido perfectamente andando desde el piso de mi pareja a la cancha, pero reconozco que estaba lejos, así que acepté el tranvía. Todo iba a normal (en línea recta, que era la dirección correcta) hasta que dio un giro a la izquierda que me sorprendió bastante. Raúl notó mi cara de circunstancia y me dijo “quedan dos paradas”. El chaval era muy buena gente, pero no tenía ni puta idea de fútbol. Así que en vez de hablar de lo que me gusta hablar cuando voy a un estadio, el tío me contaba lo bien que sentía con su novia, lo que estudiaba y lo contento que estaba en Cracovia. Dirá ahora usted, querido lector, que al menos era simpático, pues sí, pero el artista de élite, como yo sospechaba, había puesto mal el nombre del equipo. En vez de llevarnos a la casa Wisla Krakow, el tranvía nos había dejado en el Miejski Cracovii, hogar del KS Krakow.

  • Raúl, este no es el estadio al que vamos, este es el de otro equipo de la ciudad – le dije.
  • Ah, ¿pero que hay dos equipos en esta ciudad?

Hijo de mi vida, cómo te llevas tres meses viviendo en Cracovia y no conoces su derbi. Si tiene el nombre más guapo de derbi de todo el planeta, la Guerra Santa, la puta Guerra Santa, Raúl. Pues nada, Raúl no lo sabía, pero vaya, que la culpa era mía por fiarme de él. Cómo podía dejar que marcara el rumbo un chaval que a la semana de estar en Cracovia de Erasmus se había echado novia. Qué te puedes esperar de alguien que teniendo un buffet libre elige comer verduras a diario… pues nada bueno. Hago un inciso para decirte, Julia, que, si lees esto, eres una niña maravillosa, pero tu novio en aquel momento me sacó de mis casillas.

En cualquier caso, la situación no era la más óptima. Afortunadamente la distancia entre ambos estadios a pie es de un escaso cuarto de hora. Desgraciadamente ese cuarto de hora lo inviertes en cruzar un parque sin un solo punto de luz, con una niebla espesa y con un frío que haría que un pingüino se pusiera una rebeca. Aquella estampa era digna de un vídeo de ultras de Copa 90.

Aun así, logramos llegar al Henryk Reyman más o menos con tiempo para sacar las entradas. En la cola nos esperaban tres amigos más de la pandilla. Guardaba la esperanza de que alguno le gustara el fútbol un poco más que a Raúl, pero la esperanza en este caso fue lo primero que perdí. Dos eran chavales de pueblo que les gustaba el “basket” y el otro era un madrileño y madridista que me dijo que había pisado dos veces el Bernabéu. Vaya tropa.

Al poco tiempo llegaron mi novia y sus dos amigas, ninguna de ellas era futboleras, así que no me quedó más remedio que pensar en que al menos en Polonia venden birra en los estadios. Pero entonces surgió un milagro. Raúl había llamado a un polaco amigo suyo. El tío había estado de Erasmus en Sevilla y era socio del Wisla. No me acuerdo de su nombre, porque no aparecía en nuestro bendito santoral, pero he de reconocer que el chaval sí sabía de balompié. Empecé a hablar con él e hicimos buenas migas, hasta que me dijo que había vivido en Nervión y por ello solo había podido ir a un recinto deportivo que está situado a la vera de un centro comercial de ese barrio. Aquí, como mi tocayo navarro hizo en Asia, cogí al chaval y lo evangelicé. Le expliqué que en Sevilla solo existe un equipo. Que ese equipo juega de verdiblanco. Y que, si eres sevillano y no eres de ese equipo, lo que eres es un completo “papafrita”. Él se río bastante pero conseguí que entrara en razón cuando me preguntó por qué tenía tantas ganas de ver al Wisla. Le expliqué que cualquier bético de bien conoce a este equipo, pues fue el rival de nuestro Betis en el partido homenaje a don Rogelio Sosa, leyenda máxima del club. Ante esto solo puedo abrir los ojos como platos y decir que tenía que volver a Sevilla para conocer el Villamarín. No exagero, con lo rubito y gordito que era, puso al oír mi histórico relato la misma cara que Augustus Gloop en la fábrica de Wonka al ver su majestuosa cascada de chocolate.

El precio del ticket fueron unos cinco euros al cambio. Es curioso, pero te pedían el DNI y, si era la primera vez en tu vida que ibas, te hacían un descuento del setenta y cinco por ciento, y gracias a eso, por nada y menos teníamos acceso a la mejor zona del estadio. Accediendo, paré a comprar una bufanda, más cara me salió que la entrada, pero había que ponérsela para animar.

Muchos esperaréis ahora una narración grandilocuente de unas gradas abarrotadas y que derrochaban fervor, pero no, el campo llegaba justo al medio aforo. También era de esperar, el rival a esa hora intempestiva de un sábado frío era el Zagłębie Lubin, que espero que lo conozcáis, a ver si vais a ser como Raúl.

Tras hacerme las fotos (todas por desgracia con mi novia) y comprar cerveza, ocupamos nuestros asientos y nos dispusimos a disfrutar del choque. El polaco que venía con nosotros, como era abonado, se fue a su sitio y no estaría junto a mí. Perdía al que podía ir explicándome todas las cosas que no entendiera, que sin duda iban a ser muchas.

Al saltar los equipos al campo todos los asistentes empezaron a cantar el himno de Polonia y a hondear sus banderas nacionales. Los jugadores salieron todos con la bufanda de la patria y un brazalete que decía “1918-2018”. Por lo visto al día siguiente celebraban el centenario de la independencia y hay dos cosas de las que los polacos se sienten muy orgullosos de ser: polacos y católicos.

No me voy a detener mucho a hablar del juego, porque aquello estaba al nivel de un Marino de Luanco – Gimnástica de Torrelavega. Rápidamente el Wisla se puso dos a cero ganando y, pudo irse al descanso con una goleada histórica, pero perdonó.

Hubo dos detalles que sí me marcaron en esa primera parte. El primero es que cuando se canta el himno del equipo toda la afición se pone en pie porque entienden que es algo sagrado. El segundo fue que, en uno de los pocos acercamientos del Lubin, me fijé en sus hinchas. Un gol (fondo si no eres sevillano) cerrado entero para ellos, y eran catorce. Pensé por un momento que había que querer mucho a tu equipo para estar tragándose eso, pero rápido caí en que yo haría lo mismo con mis amigos de la Peña Bética “El Barril” y más si por la noche podíamos ahogar las penas en el Teatro Cubano y, quién sabe si marcar algún gol más de los que su equipo parecía que iba a meter. Con esta reflexión, llegamos al descanso.

En el entretiempo llamé a mi señor padre, siempre lo hago cuando veo fútbol. Se descojonó cuando le dije dónde estaba. Mientras comprábamos más birra la pandilla hablaba de que hacer después. Ni un “tío no veas el ocho como pone balones al hueco” o “vaya lo que han perdonado”, nada, qué hacer después y qué plan teníamos mañana, ojú.

Totalmente tranquilo volví a sentarme a disfrutar de la cerveza y de la segunda parte. Perdonar tanto se paga y en el minuto dos del segundo tiempo el árbitro señaló un “penaltito” con el que el Lubin recortaba distancias. No exagero cuando digo que después de eso el Wisla le pudo meter cinco, pero falló, falló y falló, hasta que en una jugada aislada marcó el central de los locales, pero en su propia puerta. No me lo podía creer, un partido que estaba ganado y se escapaba así, parecía el Betis. Y tal vez fue ese pensamiento el que activó el “Javi del Betis”, esa persona que se transforma cuando juega su equipo. De repente me sentía que era el tío más del Wisla del planeta. Y allí que empecé a animar, y a decir que esto había que ganarlo.

Aunque la realidad era que se acercaba el final y aquello estaba más oscuro que el firmamento de esa noche. Miraba alrededor y veía caras de frustración en la gente. Vi una señora mayor muy enfadada con el devenir del partido. Me sentía muy identificado con ella. Cuando volví mi atención de nuevo al verde, un jugador del Lubin hizo una entrada feísima justo delante de mí al extremo izquierda de los nuestros, y no sé qué espíritu me poseyó, que exaltado me levanté y grité “¡hijo de puta!, ¡red card!”. El trencilla solo mostró amarilla, pero para red, la cara de mi novia que me agarró del brazo y me recriminaba la acción. Eso sí, la señora mayor me miró con cara de aprobación, me había ganado su confianza.

Cuando ya se habían cumplido los seis minutos de añadido y el marcador continuaba en tablas, la presión que había ejercido sobre el colegiado dio sus frutos y permitió sacar una última falta a nuestro favor. Centro largo, balón al delantero que controla con el pecho y se queda solo y gol, en el minuto noventa y seis. ¡Qué barbaridad! ¡Qué orgasmo! Nos empezamos abrazar y chillar todos y hasta la vieja me chocó las palmas y me sonrió. Pocos placeres más grandes en la vida que un gol que en último suspiro da una victoria.

Con el subidón de los tres puntos en el alargue, salimos y volvimos a ver al amigo polaco. Estuve comentando el partido con él, se le veía muy contento, y a mí me alegraba verlo así. Antes de despedirnos nos pidió que nos quitáramos las bufandas para ir por la calle, no era seguro llevarlas, y si lo decía él, no íbamos a poner objeción ninguna.

Mi historia con María se acabó, después llegaría otra mujer a mi vida y también terminó. Mi historia con el Wisla quedó ahí. Algo que, como siempre, me lleva a esta reflexión, los “raticos de fútbol” y las mujeres pasan y se disfrutan, lo único que permanece es el Real Betis Balompié.

Javier Guerrero (@BetisShirts)