EL ABRAZO DEL EINTRACHT (por Enrique Roldán)

         Cuando salí al mediodía de mi casa en las afueras de Frankfurt se notaba que era un día distinto. Había llegado a Alemania el 1 de julio, y hasta aquel momento, solo algunas pegatinas sobre farolas y muros de la ciudad habían dado muestra de que me encontraba en territorio del Eintracht. Sin embargo, aquel 18 de agosto se podía respirar algo nuevo en el ambiente. Al doblar la esquina de mi calle pude encontrarme con Hans, el vecino jubilado que todas las mañanas me saludaba con un trabajado “buenos días” en lugar de su rudo “guten morgen”. La sorpresa de Hans fue mayúscula cuando vio que, al igual que él, yo enfilaba la calle con mi camiseta y mi bufanda del Eintracht (donde fueres, haz lo que vieres). Mi vecino no va al estadio, pues ha llegado a una edad en la que prefiere la tranquilidad que otorga la televisión y la sala de estar, pero sigue vistiendo la camiseta para sentir los colores de su equipo sin importar que no pise el Commerzbank Arena.

            Tras desearme suerte, no sin seguir extrañado de que un sevillano que acostumbra a vestir los colores verdiblancos se hubiera enfundado la camiseta de su equipo, dejé a Hans en la entrada de su jardín mientras me dirigía a la parada de metro. Diez minutos escasos separan mi casa de la estación Friedhof Westausen, pero por el camino cambió toda la percepción que había tenido hasta el momento. Las escasas pegatinas que había encontrado a mi llegada estaban ahora complementadas por decenas de vecinos que, acompañados de amigos y familiares, llevaban los colores blanco, rojo y negro por bandera, dispuestos a ver una temporada más al Eintracht de sus amores. Cada parada de metro servía para que más y más aficionados abarrotaran los vagones. En sus caras se podía notar el nerviosismo, la ilusión y las ganas de que diera comienzo una nueva temporada de la Bundesliga. La última hazaña había sido ganar la Copa de Alemania derrotando al todopoderoso Bayern de Munich por tres goles a uno en el Estado Olímpico de Berlín. Donde Jesse Owens demostró a Hitler que la superioridad de la raza aria era una pantomima, el Eintracht había bajado a la faz de la tierra al equipo muniqués.

            La llegada a la estación de Hauptwache, situada en pleno centro de Frankfurt, confirmó todas mis sospechas. La ciudad respiraba fútbol, y lo que es más importante, respiraba Eintracht, como bien me demostraron los cientos de aficionados que, cargados de banderas y bufandas, se acercaban al andén en el que esperaba el último eslabón del trayecto, el tren que nos iba a llevar directamente al Stadion. Si en el metro ya pude sentir el ambiente futbolero, aquel tren era una fiesta. No había persona que no cantara, tocara las palmas y gritara Eintracht como si le fuera la vida en ello. Muchos se sorprendieron al escucharme hablar español, y al contarles que me encontraba en Alemania por trabajo, no podían esconder la sonrisa.  Esa sonrisa que afloraba por el orgullo que te da saber que tu equipo, sin ser un gigante en Alemania, despierta las simpatías de un andaluz que a más de dos mil kilómetros de su casa se enfunda aquellos colores que, al igual que te quitan el sueño, son capaces de hacerte llorar de alegría.

            Al bajar del tren me fundí con la marea humana que se dirigía al estadio. Al igual que ocurre con otros campos europeos que he tenido el gusto de visitar, véase el Balgarska Armiya del CSKA de Sofía o el Estadio Olímpico del Hertha de Berlín, la casa del Eintracht se encuentra en medio de un bosque. El verde de las hojas se funde con los colores de las camisetas de los aficionados, y por descontado, con el blanco de los puestos ambulantes de salchichas y cerveza que pueblan el camino que llega hasta el campo. Tras una parada obligatoria en uno de estos puestos, enfilé, cerveza de trigo en mano, el sendero que llevaba hasta mi destino futbolero. Tras unos diez minutos, que habrían sido menos de no ser por la cantidad de personas que riendo y cantando ralentizaban el caminar, allí estaba el Commerzbank Arena. Aquel estadio se erigía imponente ante mí, que tanto había leído sobre el fútbol alemán y el exquisito tratamiento que se les da a los aficionados; y mentiría si no dijera que mi primer pensamiento fue el de entrar y poder tomarme una cerveza mientras veía el partido, pero vayamos por partes.

 

 

 

Pasé el control de seguridad y me dirigí a mi zona. Me habría encantado conseguir una entrada en la Curva Norte, donde los hinchas más apasionados del Eintracht hacen temblar, literalmente, el estadio, pero no había entradas disponibles en esa parte. Me tuve que conformar con sentarme en la parte opuesta del campo, donde al menos podría disfrutar del espectáculo que suponen las hinchadas alemanas. Lo cierto es que el Commerzbank Arena es una virguería. Asientos cómodos, inclinación perfecta para ver el partido, un techo para evitar las frecuentes inclemencias del tiempo alemán y un marcador en el centro que recuerda al del Madison Square Garden. Estaba por fin en mi asiento, y al entrar me había percatado de que había una barra muy cerquita de mi zona. Ahora sí, la cerveza no se me iba a escapar.

            En España es impensable beberse una cerveza durante el partido, y en Argentina, donde también he vivido por temas de trabajo, directamente es imposible comprar alcohol en los alrededores del estadio antes, durante y después del encuentro. Dejando atrás el recuerdo de partidos acompañado de Coca-Cola en los campos de San Lorenzo, Ferro Carril Oeste, Belgrano o Instituto, bajé y me compré una Krombacher. Probablemente de las peores cervezas que han dado las tierras germanas, pero cerveza al fin y al cabo. Y allí estaba yo, con mi cerveza en la mano, cuando comenzó a sonar el himno. No hubo aficionado que no se pusiera en pie y con su bufanda en alto entonara a viva voz el cántico que año tras año le erizaba la piel. Mientras la comunión de las voces de los miles de seguidores allí congregados llegaba a los confines del bosque que acogía aquel partido, los jugadores comenzaron a salir al terreno de juego.

 

 

 

En el centro del rectángulo esperaba un águila, mascota y símbolo del Eintracht. A diferencia de lo que ocurría en el estadio del Benfica, ésta no sobrevoló el campo. Quizás antes lo hacía, pero el ejemplo del águila del equipo portugués, la cual echó a volar para nunca volver al inicio de un partido contra el Vitória de Guimaraes, había puesto en sobre aviso al encargado de su custodia. Mientras el águila, su cuidador, y los once encargados de defender la camiseta del Eintracht posaban ante las cámaras, el himno llegó a su fin, y fue entonces cuando pude percatarme de que muy cerca mía, justo en el anfiteatro de abajo, se encontraban los aficionados del Hoffenheim, equipo al que se enfrentaba el Eintracht en la primera jornada de la Bundesliga. No llegaron tarde, siempre estuvieron ahí, pero el rugido del estadio recibiendo a su equipo había provocado que pasaran desapercibidos. Es cierto que no dejaron de animar en ningún momento, pero aquellos segundos de confusión tras la conclusión del himno provocaron que se les escuchara como si estuvieran en el centro de Sinsheim, el municipio que da cobijo al equipo azulón.

            Comenzó el partido, y a los 36 segundos llegó el gol del Eintracht. Un “gilicorner”, si es que se le puede llamar de algún otro modo a los saques de esquina ejecutados en corto, dio lugar a un centro que Martin Hinteregger remató con una volea poco ortodoxa. Menos de un minuto de partido y el Eintracht ya estaba por delante. A partir de ahí, se desató la fiesta de la afición, que no del fútbol. El resto del partido fue espantoso, pocas llegadas con peligro, juego ramplón y horizontal, y un gol anulado el Hoffenheim que provocó que sus aficionados comenzaran a ondear sus banderas con un poco menos de ímpetu. Sin embargo, la grada del equipo local no defraudó. Noventa minutos de cánticos y palmas, que yo me encargué de acompañar con alguna que otra visita a la barra, hicieron las delicias de todos aquellos que, como yo, acudían a un campo alemán para ver si era verdad aquello de que las hinchadas germanas no decepcionaban.

            El partido concluyó con el solitario gol francfortés, y los civilizados seguidores alemanes, tras una algarabía de abrazos y felicitaciones, comenzaron a abandonar ordenadamente sus localidades. De vuelta al tren comenzó a diluviar, pero no importaba. La lluvia no podía ahogar los cánticos de los abuelos, padres e hijos que una temporada más se habían dado cita en medio de aquel bosque que domingo tras domingo se convierte en el punto de encuentro de emociones desbordadas. Cuando llegué a mi casa ya había escampado, pero el agua me calaba hasta las cejas. Justo antes de doblar la esquina, allí estaba Hans. Llevaba puesto un chubasquero, pero su camiseta del Eintracht se adivinaba a la altura de la cintura. Sin decirme nada, me sonrió y me abrazó, y yo, devolviéndole la sonrisa y el abrazo, pues mi alemán no da para más, seguí el camino hasta mi casa. En aquel momento fui consciente de que gracias a la experiencia vivida en el estadio, pero sobre todo gracias a aquel gesto de Hans, el Eintracht se había ganado un lugar en mi corazón.

 

Enrique Roldán en profesor de derecho, bético, y ha colaborado con Revista Panenka y http://www.fútbolretro.es

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