La regina viola (por Enrique Roldan)

 Fiorentina 0 – Genoa 0

            El Ponte Vecchio, mejor a la luz de las farolas, cuando cierran las tiendas y las maderas cubren las joyas por las que hoy solo se interesan los medicis modernos. Santa María del Fiore, la catedral que, a pesar del marchitar de las primaveras, continúa impresionando a un Brunelleschi pétreo que no deja de mirar la majestuosa cúpula que brotó de su mente. La Piazza della Signoria, donde un David impostor protege al más vecchio de los palacios mientras observa el punto en el que ardieron las últimas vanidades de Savonarola. Y el Estadio Artemio Franchi, cuyas tripas hormigonadas y su forma de letra D, hijas predilectas del stilo littorio, turnan en irrefutable su origen fascista. Allí, en el noreste de la incomparable Florencia, se levanta la casa de la Fiorentina, bastión futbolero que se pretende inexpugnable en un terreno cuyo nombre invita a la guerra. Campo di Marte, así se llama el territorio que recibe cada domingo a la pasión viola, la que consigue que, durante dos horas, la ciudad que vio nacer el Renacimiento se olvide del arte que emanó de las manos de los maestros, para concentrarse en aquel que nace de los pies, el del calcio.

            Hace 15 años que pisé por primera vez las calles de Florencia. Un viaje en plena adolescencia (más pendiente del limoncelo y del cigarrito de liar que de la espectacularidad del Duomo) que me dejó como recuerdo una bufanda de la Fiorentina. Y allí estaba de nuevo, tres lustros más tarde, saliendo por el portón de mi casa en la vía del Campuccio, en el corazón de lo que no he dudado en llamar la Triana florentina, mientras me amarraba aquella vieja bufanda a la muñeca. Puedo asegurar que era el único alma en toda la Toscana que no llevaba la bufanda en el cuello. Más tarde, una vez que estaba en el estadio, entre canción y canción pregunté a algunos de los que tenía alrededor, y todos respondían lo mismo: “hace años sí, pero ya siempre al cuello”. Quizás las modas pasan en todos lados menos en Sevilla, o quizás en Sevilla siempre ha hecho tanto calor que las bufandas, más que usarlas para cubrir las gargantas, las levantamos al cielo. De todos modos, no iba a traicionar a mis principios futbolísticos, y aunque llovía y la temperatura no era la más agradable, decidí que la bufanda seguiría en la muñeca, y que el goretex se encargaría del resto.

            Si una tarde de partido es un gol por la escuadra, un buen almuerzo es un pase de gol al área chica. Me encontré con un amigo (fan de Robert Prosinecki y Nikola Jerkan), de cuyo nombre, por razones gubernamentales, no puedo acordarme, y decidimos que había que echarse algo a la boca. Así fue como me vi en un bar innegablemente florentino, abierto desde 1915 en la céntrica Piazza San Lorenzo, comiéndome un plato de trippa. Lo pueden llamar del modo que quieran, pero la trippa es como el menudo en Andalucía (lo de callos lo dejaremos para los de más allá de Despeñaperros), aunque más seco y con algo de queso por encima. Un muy buen amigo me llegó a decir que si le contaba a su padre que yo andaba por Florencia bebiendo cerveza y comiendo menudo, era capaz de echarse a llorar. Pero no hubo tiempo para llantos. Después de comer bajo la presencia de algunos banderines de la Fiore y frente a una pared repleta de pegatinas de futboleros que se habían dejado caer por allí, retomé mi camino hacia el Artemio Francchi. Un Fiorentina – Genoa esperaba, y entremedias, media hora larga de caminata.

            Pasear por el casco histórico de Florencia es un debe para todo aquel que tenga el don de la vista. No obstante, a medida que uno se distancia del centro, como es obvio, se va alejando de la suntuosidad y la majestuosidad de las construcciones que hacen de Florencia un museo al aire libre. Es entonces cuando uno atraviesa las zonas donde vive el florentino de a pie, cuando pasa por la puerta de la típica tienda de desavíos que en tu barrio llevaría una mujer llamada Encarni, y cuando saluda a los tres abuelos que, en la puerta de un bar, guardan en sus miradas muchísimas más anécdotas que las que cualquier libro de historia pueda brindar. Y cuando ya has dejado las pequeñas calles atrás, comienza la avenida Giuseppe Mazzini, repleta de banderas violas que adornan el camino hasta las escaleras que permiten sortear las vías del tren que pasan cerca del estadio. Una vez que cruzas al otro lado, la película cambia por completo. Miles de aficionados, puestos de camisetas, bufandas, y por supuesto, paninis. ¿Qué sería del fútbol sin la comida callejera? ¿Alguien se imagina un partido en Argentina sin comerse un choripán? Pues los paninis cumplen exactamente la misma función que los “choris de cancha”. Si no has comido uno y no has bebido un par de Morettis (al menos), no has vivido un partido con la alegría necesaria.

            Pero faltaban dos horas para que el balón empezara a rodar, y fue así como acabé en el Moonshine. Un pequeño bar (con un tamaño inversamente proporcional al precio de las bebidas), donde buena parte de los tifosi se reúnen antes del partido. Y allí estaba yo, rodeado de ultras italianos que difícilmente podían imaginar que un bético se había colado entre ellos. Si hay algo que no me gustó, porque a estas alturas no es algo que ya sorprenda, fue la monocromía. Ni una sola camiseta o bandera color violeta. Ni una. Sinceramente, es algo que no termino de comprender. Me parece maravilloso que haya personas que decidan consagrar la vida a su equipo, dejar la voz en la grada y anteponer el fútbol a todo. Pero no entiendo la necesidad de vestir completamente de negro, como si de un uniforme militar se tratara, olvidando por completo los colores que, con toda seguridad, usaron para cubrir las paredes de su cuarto cuando Batistuta deslumbraba en los 90.

            El tiempo se acababa y el dinero escaseaba, de manera que empecé a andar hacia la Curva Fiesole, grada en la que los ultras de ropaje negro pero corazón violeta cantan sin compasión, y en la que yo había conseguido la entrada para el Fiorentina – Genoa que se avecinaba. Por el camino me dio tiempo hasta de encontrarme a Ribery, quien, lesionado, bajaba de un coche con unas muletas color Fiorentina. La lluvia comenzó a apretar, y entré en el campo bajo un importante aguacero. Una vez pasados los controles, escasos 20 metros me separaban del campo. Lo anduve con expectación, pasé bajo las grandes moles de hormigón que dan forma a la grada, y me encontré con el verde. La Curva estaba ya prácticamente llena, y al nada de entrar, el equipo comenzó a saltar al campo, y con él, sonó el himno. “Oh Fiorentina, di ogni squadra ti vogliam Regina” (Oh Fiorentina, de cada equipo queremos que seas la Reina). Probablemente nunca se haya cantado ese himno con tanta fuerza y emoción como aquella tarde. No en vano, Narciso Parigi, cantante y compositor, había muerto la noche antes.

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            Comenzó el partido y me incrusté en la grada. Intentaba cantar como buenamente podía las canciones que entonaban a mi alrededor, aunque debo reconocer que cada cierto tiempo perdía mi sitio. ¿La razón? Los viajes al bar. En Italia está permitido beber alcohol en los estadios de fútbol. En España seguimos siendo criminales peligrosísimos, capaces de poner en riesgo la disputa de un partido o la integridad del aficionado del asiento contiguo por el mero hecho de beber una cerveza, pero en Italia parece que no. Al volver con mi primera cerveza en la mano, el Genoa falló un gol. Aquello se celebró como si Pezzella se hubiese elevado entre los dos centrales genoveses y hubiera puesto el balón en el fondo de la red. Los aficionados fueron espoleados por el penalti errado, y comenzaron a entonar una letra no apta para ofendidos por la blasfemia. “E forza viola, Madonna buhaiola, tutta la settimana io penso solo a te (si queda alguna duda sobre la blasfemia, invito a buscar una traducción de “madonna buhaiola”). Pero ahí quedó la cosa. El catenaccio hizo acto de presencia. No se volvió a tirar a puerta y el partido terminó con un raquítico 0 a 0. Idas y venidas, remates que se iban a la nada, y patadas, muchas patadas.

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            Pero que no quepa la duda. El verdadero calcio italiano no se vivió en el rectángulo de césped, sino en aquella Curva Fiesole. Miles de gargantas que no pararon de cantar durante los 90 minutos de partido.

Aficionados que, al verme poco más que tararear las canciones, me enseñaban las letras mientras me preguntaban si Joaquín seguía rindiendo a buen nivel en el Betis. “Joaquín muy bien, Tello es el que nos está buscando la ruina”. Banderas al viento, bufandas que abandonaron los cuellos para elevarse y cortar el aire, y la inmensa alegría de sentirme como un florentino de verdad durante el tiempo que duró el partido. La Fiorentina me acogió como uno más, y yo, poco puedo hacer más allá de juntar estas letras y confiar en que aquel que lo lea sienta al menos una ínfima parte de lo que yo experimenté en el Artemio Francchi. Volví a ir al estadio más veces, pero desde aquel día lo tengo meridianamente claro: “Oh Fiorentina, di ogni squadra ti vogliam Regina”.

Enrique Roldan

Profesor de Derecho y bético, da igual el orden.

twitter:    @enrolcan

 

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