LA VIDA EN JUEGO (por Jordi Moral Canto)

1936

Hijo de una familia humilde, los estragos de la postguerra los vivió de primera mano, incluso alguna vez tuvo que delinquir robando algo de comida en el mercado para combatir el hambre. Aprendió a leer y contar gracias a la ayuda de un familiar; no pudo siquiera acudir al colegio. Aún niño, no más de 10 años, empezó a trabajar en fábricas; fue entonces cuando la vida comenzó a sonreírle, pues se cruzó con el mundo del balón.

Entró a formar parte de equipos en los que pronto despuntó; sus habilidades hicieron que ascendiera rápidamente escalafones y desde jovencito compartiese vestuario con veteranos del balompié. 

Eran otros tiempos. Los jugadores podían disputar varios partidos en un fin de semana con clubes distintos, en función de si estaban federados o no. Así, pudo hacerlo en diversos clubes locales y de la zona a la vez. Además, incluso había empresas que creaban sus propios equipos y participaban en torneos patrocinados por la Obra Sindical Educación y Descanso, como la Copa San Pedro, el torneo amateur más antiguo del fútbol español. En 1962 dejó su huella en la final, en el último partido que se disputaría en el Estadio de Bardín, un campo que perteneció al Hércules CF.

1961-62 Campeón Liga y Subcampeón Provincial

Sin embargo, no llegó a ser profesional y nunca sabré si fue porque se estancó o porque no quiso. Lo cierto es que jugó para divertirse junto con los amigos y a la vez para conseguir un extra, un sobresueldo. Y así siguió hasta que decidió colgar las botas.

1980

La primera alegría no fue tenerlo como abuelo, sino que se recuperase de un infarto en el cerebelo mientras yo estaba tan tranquilo en el vientre materno. El primer pronóstico fue que se quedaría en estado vegetal. El segundo, que no recuperaría ni la movilidad en las extremidades ni la vista. El tercero… qué más da; el caso es que salió de esa y, jubilado, dedicó gran parte de su nueva vida al cuidado de los nietos. 

Años 80 y 90. Cada partido de la temporada lo analizábamos minuciosamente, me explicaba el funcionamiento de la liga, la copa y los torneos internacionales, me indicaba aspectos de táctica y estrategia, me contaba anécdotas sobre clubes y jugadores… 

Y la llegada del verano era la mejor época del año. Gracias a las largas vacaciones que me ofrecía la EGB, podía convivir con él durante semanas seguidas, como esas que pasábamos en la playa atentos a los torneos de verano. Ya no eran únicamente los periódicos los que seguían las pretemporadas: las televisiones se sumaron a la expectación de aquellos Teresa Herrera, Naranja, Carranza, Colombino… que nos presentaban clubes procedentes de Sudamérica, del “frío” Este europeo, equipos casi aficionados de Centroeuropa y mucho fútbol más de procedencia exótica para nosotros. 

¡Qué época! Bueno, ni qué decir que aparte de mis tesoros físicos conservados (los álbumes de las ligas 87 y 89, y los de los mundiales 90 y 94 que él me ayudaba a completar) esas tardes y noches juntos son el segundo mejor regalo que guardo de él. ¿El segundo? ¿Puede haber algo mejor que esa nostalgia idealizada?

2010

Podría decirte que el mejor regalo me lo hacía cada fin de semana viéndome vestido de corto jugando en el club de su corazón, aquel del que fue presidente durante muchos años y del que más tarde fue nombrado Presidente de Honor. Pero no, no es eso.

Desde el cambio de milenio su salud había ido agravándose a base de golpes, golpes fuertes que caían curiosamente en verano y en años pares. Angina de pecho en 2004, ¿cómo nos vamos a ilusionar para la Eurocopa de Portugal? Infarto de corazón que nos deja sin sede para el Mundial 2006; total, íbamos a estar en la UVI durante toda su disputa. El diagnóstico oncológico de 2008 no llegó a aguarnos las tertulias de los partidos de la Eurocopa de Austria y Suiza que vencimos, pero también es verdad que no la saboreamos como gran parte del país.

Y entonces llegó una nueva cita mundialista. La enfermedad se había extendido y los médicos ya anunciaban el desenlace. Su historia finalizaba y, viendo cómo empezó la selección en Sudáfrica, pues, la verdad, parecía ser un nuevo verano y un nuevo torneo para entristecerse. Pero había algo dentro de todos que nos decía que sería diferente. ¿Era el juego del equipo o su ánimo cuando le ingresaron? Los resultados deportivos acompañaban y él parecía querer despedirse sin lágrimas, orgulloso de lo que había dado en su vida.

Pasamos la fase de grupos, pasamos los octavos y pasamos los cuartos. Él siguió resistiendo al cáncer. Y, entonces, llegó la decisión que se convierte en el mejor regalo. Me lo hizo él, se lo hice yo. Porque se apagaba, su vida se apagaba; cada día que pasaba era una derrota por las habilidades que perdía y a la vez una victoria por aguantar, aguantar con el sueño de despedirse viendo el triunfo final. Vimos juntos la semifinal contra Alemania y aún se pudo celebrar con un abrazo el gol de Puyol. 

Y llegó el todo o nada. Quién nos lo iba a decir después de tantas ilusiones y tantas desilusiones, de tantos lugares donde nos habíamos reunido en torno al fútbol. Todos sabéis cómo acabó la final, recordáis cómo la celebrasteis, al igual que yo, en la soledad absoluta que dan las noches de hospital donde se encuentran los enfermos terminales. Celebrar esa victoria por el pasillo de la planta, llorando de alegría porque por fin España se coronaba con un Mundial, pero a la vez tristeza porque mi abuelo, ¡mi abuelo!, se iba.

No obstante, el de Iniesta no fue el último gol que celebró, porque días después, tras haber perdido la capacidad del habla, de la vista, del oído, en fin, ya sedado y, por tanto, obviamente sin las gafas de vista puestas, cantó un gol de Canales ante Inglaterra en la semifinal de la Euro Sub19. Mi abuela, que se encontraba bajo la televisión, no se lo creía, hasta el punto que le obligué a levantarse e ir a ver la repetición. 

Tres días después…

Jordi Moral Canto

twitter: @jordimoralcanto