Un gin-tonic con Manolo “el del Bombo” (por Javier Guerrero)

Hay historias que vivimos gracias al fútbol que merecen la pena ser contadas. Por culpa de  este bendito deporte disfrutamos experiencias únicas y conocemos rincones especiales. Este relato cuenta un viaje a la ciudad del Turia para ver a mi equipo, el Betis, enfrentarse al Levante. Aunque por el camino pude disfrutar también de un Valencia – Real Sociedad y de un buen gin-tonic con Manolo “el del Bombo”.

Pongámonos en contexto. Corría la temporada 2017-18 y el Betis peleaba por entrar en competiciones europeas. Ese año éramos como un estúpido mensaje de Mr Wonderful, siempre te tocaba vernos los lunes. Era ya una importante racha disputando el partido de Gol TV en abierto, concretamente tres consecutivos, así que cuando mi amigo Adolfo vio vuelos a Valencia por veinte euros ida y vuelta desde Sevilla, no nos lo pensamos: #BetisOnTour.Viajaríamos la tarde de un viernes para volver la mañana del lunes. Por desgracia Tebas tenía otros planes. El Levante – Betis se jugaría el lunes a las nueve de la noche, así que literalmente tuvimos que tirar el vuelo de vuelta y pagarnos un AVE para el martes, que sumado al plus de una noche más en el Airbnb, dejó algo maltrecha nuestra estudiantil economía.

Alquilamos la casa entre cuatro, aunque en el vuelo éramos bastantes más locos de la cabeza dispuestos a disfrutar de la ciudad y, sobre todo, traernos el souvenir de los tres puntos. Esperando para el embarque, de nuevo mi amigo Adolfo nos lio: “tío pues he visto que el Valencia juega en casa con la Real el domingo. Yo pensaba que jugaba fuera pero por lo visto juega en casa. Podríamos aprovechar, e ir”. Otra persona le habría dicho “tío, ¿no tienes bastante?” pero si fuera alguien normal no estaría escribiendo esto. Rápidamente saqué el móvil y vi que había entradas a veinte euros. La posibilidad de ir a Mestalla empezaba a ser real y el viaje aún no había empezado.

Podría alargarme contando muchos detalles de la maravillosa noche valenciana, otros tantos del taco que formamos para conseguir las entradas para el partido de nuestro Betis, e incluso sería capaz de relatar cómo sufrimos una baja en la primera jornada. Pero lo que pasa en Valencia se queda en Valencia y aquí hemos venido a hablar de fútbol. Solo diré que la noche antes del Valencia-Real Sociedad, por avatares del destino, estábamos en nuestro apartamento, eran casi las doce de la noche, aún no habíamos cenado y acabábamos de llegar de echarnos unas copas en el puerto de la ciudad. ¿Qué hacíamos en el puerto? Lo que pasa en Valencia se queda en Valencia.

Vista la situación, había dos opciones. Por un lado quedarnos en casa, sin salir, cenando una enorme y suculenta hamburguesa para al día siguiente levantarnos temprano, sacar las entradas del Valencia-Real y hacer algo de turismo. O la opción dos, ir al otro extremo de la urbe con el resto de nuestros amigos y pagar cincuenta euros por un reservado en una discoteca que nos habían dicho que no era nada del otro mundo. Ahora es cuando debería tirarme el pegote de que elegimos la primera opción porque somos jóvenes cultos y queríamos conocer el Oceanogràfic, pero yo ya había estado de pequeño y el gran problema del plan nocturno era que teníamos menos fondo que un charco, es decir, que manejábamos menos dinero que uno que se está duchando. Era más rentable quedarnos en casa y conocer Valencia y, como no, al Valencia Club de Fútbol.

Amanecimos y, aunque la hamburguesa de la noche anterior había quedado espectacular, el hambre acechaba de nuevo y el día se antojaba largo. Nunca recuerdo el nombre del sitio donde desayunamos, solo recuerdo lo bonito que era y los tres cafés, el desayuno inglés y las tortitas con chocolate que nos metimos entre pecho y espalda. Y sí, tres, porque como dije antes, a pesar de ser cuatro, uno se había caído de la convocatoria.

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Con el estómago lleno pusimos rumbo a Mestalla. Dimos un paseo amplio hasta llegar al estadio. Una vez allí fuimos directos a las taquillas y compramos tres entradas en Gol Xicotet Alto. Aquí nos fuimos de puros, y de tiesos también, todo hay que decirlo.

Deshicimos lo andado y buscamos la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia. Entre tanto paseo se nos fue parte de la mañana. Tras hacernos unas fotos en tan moderno recinto, caminamos al centro, pues se inauguraban las Fallas ese día e iba a haber una mascletà). La verdad que fue una cosa sin más, mucho ruido pero nada espectacular en lo visual, todo lo contrario que los castillos de fuego que también hacen en sus fiestas, eso sí que es un “arte mayor para una chusma selecta”. Una maravilla, un bastinazo si lo prefieren.

Con más belleza o menos, nos hallábamos en el centro de la ciudad y teníamos bastante hambre y la tarjeta en horas bajas. Un Taco Bell fue la solución. Lo sé, bochornoso, pero lo bueno era que así la tarde solo podía ir a mejor.

Mientras digeríamos tan típica comida ya hacíamos el camino al estadio. Una vez en la previa, nos quitamos la sed primeramente con cerveza. He de decir que el ambiente previo a un partido de liga normal en Valencia no es lo que esperaba, quiero decir de ambiente en los alrededores y en los bares. También he de admitir que siendo sevillano nadie nos va a ganar en eso, que hacemos de Tajo (la gente de orden) o del Corte Inglés (la parte de Sevilla que no ha tenido tanta suerte en la vida) una auténtica fiesta. Sea como fuera, la cerveza ya se antojaba corta, y encima nos dimos cuenta que el bar de al lado al que estábamos era el de Manolo “el del Bombo”.

No lo pensamos dos veces y entramos en tan mítico y futbolero local. Estaba decorado por bufandas de equipos de todo el ancho del globo y por varios de sus míticos bombos (sí, hay más de uno). Como buenos béticos miramos las bufandas hasta que encontramos la del Betis, si no hubiese habido ninguna, o no hubiéramos consumido o le habríamos regalado una al bueno de Manolo.

Pero siendo Manolo  un hombre de bien, lógicamente la tenía. Y además de hombre de bien, ahí estaba trabajando en su bar sirviendo bebidas. Nos pusimos en cola y nos tocó nuestro turno, y así fue como se dio una conversación que jamás pensé que tendría:

  • Chavales, ¿qué queréis?
  • Tres gin-tonics por favor Manolo.
  • ¿De qué equipo sois?
  • Del Betis, hemos venido a verlo mañana jugar contra el Levante y hemos aprovechado para conocer Mestalla y ver al Valencia
  • Qué bueno el Betis, la semana que viene grabo un anuncio con Joaquín.

La charla continuó de forma trivial mientras servía las copas. Cuando las tuvimos en mano le pedimos una foto, a la que no solo no aceptó, sino que nos dijo que entráramos  en la barra y cogiéramos la réplica de la Copa del Mundo para la foto. Yo, más rápido que Curro y Adolfo (mis amigos), solté mi gin-tonic y tomé el trofeo como Iker en Johannesburgo. Ahí estábamos tres colegas, la puta Copa del Mundo y Manolo “el del Bombo”, y por si fuera poco todo ello aderezado con el bendito y digestivo sabor de la ginebra mezclada con tónica y una buena rodaja de limón. Y como guinda del pastel y colmo de la osadía, al ver las paredes encaladas de pegatas de mil equipos, pregunté al aficionado más famoso de la selección si podía dejar pegado un adhesivo de mi peña, y como ya imaginareis, la Peña Bética “El Barril” está presente desde ese día en el bar de Manolo.

Apurado ya el digestivo, entramos al templo del valencianismo. Era mi primera vez en Mestalla, y como toda primera vez, siempre se te queda un recuerdo para toda la vida. El mío será la infinita cantidad de escalones que tuvimos que subir para acceder a nuestras localidades. A ratos dudé si subía a Gol Xicotet Alto o a las mismas puertas de San Pedro. Qué pechá de escalones chiquillo. Y para colmo, al coronar la cima del Everest, me entraron ganas de ir al servicio. Amablemente pregunté a una mujer de seguridad que donde podía encontrar los baños. Con una sonrisa tan bonita como macabra me respondió que tenía que bajar dos plantas. Otra vez escalones. Puse la misma cara que Cañizares recogiendo la medalla de plata de la final de la Champions League ante el Bayern.

Ya con el aliento recuperado, y la vejiga vacía, nos hicimos las fotos típicas que se hace un groundhopper en el estadio que pisa por primera vez. No hacer esa foto es como andar el camino de Santiago sin ir sellando la Certificación de Paso. En esas imágenes se me ve sonriendo porque Mestalla me gustó. España está en una tendencia muy peligrosa por la cual todas las canchas acaben siendo iguales. A bote pronto, ya me dirán cómo distinguen rápidamente San Mamés del Metropolitano, o Anoeta del RCDE Stadium. Mestalla era singular, era una mezcla entre lo viejo y lo nuevo. El campo tenía, y tiene, muchos años, pero las diferentes reformas, especialmente la última, le han sentado de categoría. Y no deja de ser cierto que se ve muy, pero que muy bien el fútbol.

Y a ver fútbol habíamos venido. Daba la casualidad de que los rivales posteriores del Betis, tras el partido que jugaría el día siguiente con el Levante, eran Real Sociedad primero, y Valencia después. Medio broma, medio en serio, mandé un tweet a Setién, Eder Sarabia y al tío Jon ofreciéndoles mis servicios como scouting para esos dos choques, ya que iba a poder seguir a ambos conjuntos en directo. Nunca recibí respuesta, quizás por eso el Betis no ganó a ninguno de los dos. Que forma más estúpida de perder cinco puntos, Quique miarma.

Tratando de olvidar al Betis por unas horas, saltaron ches y txuriurdines al verde. Lo de txuriurdin, es un decir, porque ese día los guipuzcoanos vistieron de naranja. Que vaya delito también ir a Mestalla y jugar de naranja, no ha empezado el duelo y ya has entregado la cuchara. En cualquier caso aquello fue muy extraño. Para empezar, allí nadie cantó el himno. Los veintidós protagonistas entraron mientras que el público mostraba la misma vehemencia que se le profesa a la cruz de guía del Carmen Doloroso el Miércoles Santo entrando en Campana, ninguna. Eso, sumado al hecho de que por primera vez en mi vida veía en directo un partido de la liga española sin que el Betis jugara, me hizo sentirme más desubicado que Totti usando una elástica celeste. Me notaba raro, de verdad, o hacía algo o no iba a disfrutar. En ese instante un “señores aquí vamos con el Valencia, ¿no? Estamos en su casa y además ya en la tabla lo tenemos lejos en la tabla. La Real es más rival directo.” Esta frase de Adolfo interrumpió mis pensamientos y dándole la razón añadí “y hay que protestar todas las faltas de la Real a ver si así expulsan a alguno y no juega contra nosotros.”

El Valencia era claro favorito. Situado como cuarto en la clasificación, su regreso a la Copa de Europa cada vez estaba más cerca, pero necesitaba vencer para consolidarse en ese puesto. Los del mar Mediterráneo estaban siendo mejores que los del Mar Cantábrico y fruto de ello llegó el primer tanto local obra de Santi Mina, un cabezazo que abría la lata a la media hora de juego. Tras el gol, los por entonces jugadores de Marcelino se hicieron dueños del encuentro. Mestalla se animaba con su equipo. La grada de animación cantaba y el público la seguía, se notaba ilusión en la gente. Pero sin duda lo mejor de todo fue cuando una banda de música se puso a tocar acompañando el juego de los suyos, ¡una banda de música! Aquello parecía más típico de los toros que del fútbol. Por un momento me imaginé cómo habría quedado el Villamarín de los ochenta, lleno hasta la bandera, con Julio Cardeñosa liderando al Betis con su 10 en la espalda de una camiseta Meyba mientras que Tejera tocaba “Suspiros de España” para el delirio del respetable. Madre del amor hermoso, en el fondo envidié mucho a los valencianistas por ese detalle y a mi padre por haber podido a ver a don Julio, cosa que yo por edad no pude.

Extasiado aún por tan bella imagen construida en mi cabeza, no paraba de observar cada detalle de las gradas. La tabla clasificatoria ordenada en veinte mástiles con sus veinte banderas, el marcador con los escudos en “3D” que giraban sobre su eje o el color naranja blanco y negro que dominaba el lugar mientras el sol caía. Y con el sol cayendo llegamos al descanso, y tocó de nuevo servicio y escaleras.

La segunda parte no tuvo nada destacable. Una pifia del portero valencianista facilitó a Oyarzabal empatar y posteriormente el arquero de los vascos devolvía el favor haciendo el “cocacola” para que Santi Mina, si de nuevo Santi Mina, dejara el definitivo dos a uno en el electrónico. Y poco más. Canales en directo era una gozada, la Real tuvo el empate pero un poste a puerta vacía lo impidió y los tres puntos se quedaron en casa. Se hizo de noche y tocaba dejar Mestalla. Volvería un año después pero eso, como el Levante – Betis que nos aguardaba al día siguiente, es ya otro “ratico de fútbol”.

 

PD: Mucho ánimo a Manolo “el del Bombo” por la crisis que está sufriendo él y tantos y tantos hosteleros de nuestros país. Support your local bar!

 

Javier Guerrero (@BetisShirts)