Unión de Hierro (por Alberto Doblaré)

15-2-2021

Hoy se cumple justamente un año de este bonito recuerdo. Quién me iba a decir en aquel momento que sería el último viaje que iba a hacer, el último partido que iba a ver y el último abrazo que iba a dar durante los siguientes 12 meses… Pero como se suele decir, “que me quiten lo bailao”. El 15 de febrero de 2020 celebré mi 35 cumpleaños con una experiencia que nunca soñé con vivir. Tras haber dejado Berlín un lustro atrás, volvía a la capital alemana a ver un partido de mi querido Union en An der Alten Försterei pero esta vez en Bundesliga. Ni el fan más optimista podría haber imaginado década y media atrás cuando el club bajó a Cuarta División y fue salvado de la bancarrota por sus hinchas, que se llegaría a codear con los grandes del fútbol alemán semana tras semana. Y allí estaba yo dispuesto a ver aquel Union – Bayer Leverkusen con la ilusión de un niño pequeño.

Toda esta historia comenzó hace más de diez años cuando dejé todo y con un amigo decidimos irnos a Berlín a la aventura haciendo previamente un road trip de dos meses por media Europa. Aún recuerdo ese momento de entrar en la capital alemana con Fito sonando a todo trapo con su banda sonora para los nuevos retos “Cerca del final donde todo empieza”. Como todo buen futbolero, a las pocas semanas ya estaba en el Olympiastadion viendo al equipo que más conocía, un Hertha BSC en 2. Bundesliga en aquellos días. Un 0-0 ante el Alemania Aachen no fue la mejor presentación para un equipo al que le sobraba estadio, pista de atletismo y le faltaba pasión. Hasta el punto de que en otra ocasión fuimos unos doce amigos y terminamos el partido solamente cuatro. Hacía como menos diez grados, pero mi “religión futbolera” no me permitía irme de un estadio con el partido a medias, así que necesitamos mucho Glühwein, vino caliente, para mantener el cuerpo en calor. Definitivamente necesitaba otro equipo que me cautivara al mismo nivel que la ciudad lo había hecho…

Olympiastadion

Y un día en la start up en la que trabajaba un compañero me dijo si quería ir a un barrio del Este a ver al St. Pauli contra el Union. Había oído de la existencia de los Eisern pero en aquel momento casi me seducía más ver a los Piratas, un club de culto cuya historia había llegado más a España. Así que aquel viernes de marzo de 2013 nos escapamos rápido del trabajo y tomamos el Sbahn rumbo a Köpenick. No nos daba tiempo a mucha previa así que aprovechamos para tomar las cervezas en el propio tren. Al llegar a la parada ya notamos que aquello era día de partido. Mucho ambiente de ambas aficiones y un camino místico para alcanzar An der Alten Försterei.

Este centenario estadio se encuentra en un bosque, así que ese momento de ir todos en procesión entre los árboles hasta la cancha es cuanto menos mágico. La experiencia fue única. Vivimos un partidazo, con dos hinchadas volcadas, todo el estadio de pie cantando con una cerveza en la mano… ¡Aquello era el fútbol que siempre había querido vivir! Y se me quedó un instante en el recuerdo cuando el DJ, que siempre suele poner música rock, nos sorprendió en el descanso con Marinaleda, un temazo de los legendarios Ska-P.

En 2015 volví finalmente a España y junto a otras tradiciones alemanas como cenar a las ocho o bailar el “Und ich flieg, flieg” en cualquier Oktoberfest que se precie, también me traje esa simpatía por el Union Berlin, al que tenía de favorito en mis apps de resultados. Pero cuando se clasificaron para el playoff de ascenso a Bundesliga, me prometí que si ascendían me crearía una cuenta de Twitter. Y así fue. De hecho mi primer tuit de @fcunion_es es algo así como “Ya estamos en primera”. En aquel momento comencé a interesarme no solo por la actualidad del club, sino también por su historia, su barrio… su contexto en definitiva. Y poco después ya tenía claro que tenía que vivir un partido en directo en la máxima categoría. No es nada fácil conseguir entradas porque hay más socios que plazas, pero gracias al club que me invitó con dos pases de prensa pude regalarme un día de cumpleaños inolvidable. Y así volvemos al 15 de febrero de 2020.

Llegamos muy pronto al barrio de Köpenick para pasear por su Altstadt, el barrio antiguo. Coincidimos con un grupo de hinchas del Leverkusen que estaban haciendo un tour guiado por esta zona menos turística de la capital. En aquel momento recordamos que en una ruta en barco por los canales de la Nueva Venecia de Köpenick fue donde decidimos años atrás volver a España. Nos había cambiado mucho la vida: niña, trabajo, casa… pero allí estábamos de nuevo en una ciudad a la que seguíamos teniendo mucho cariño y que nos seguía regalando experiencias. Tras desayunar, volvimos corriendo a la estación porque habíamos quedado con Julio, un chico brasileño socio del Union que me compartía muchos vídeos desde el estadio por Twitter y a través de eso nos habíamos hecho amigos (A día de hoy hacemos un Podcast juntos sobre el club). Nos esperaba como es obligación en Berlín con una cerveza. Quedamos posteriomente con otros amigos como Silvio, alemán que habla perfecto español o John, seguidor Eisern que vive en Inglaterra. Y con el Union y Twitter como temas comunes comenzamos aquella previa tan peculiar donde no faltó la cerveza.

Fui recordando los lugares comunes de mi primera vez pero en esta ocasión era mucho más consciente del significado de todo: El bar donde estuvimos es un punto de ayuda para las donaciones que los fans hacen a la gente necesitada del barrio, aquel monumento raro con un casco que había en el estadio es en honor a los voluntarios que ayudaron a reformar An der Alten Försterei o la estatua a la entrada recuerda la victoria de la Copa de la RDA en 1968. Llevaba la lección aprendida y cada detalle que veía me emocionaba… Entramos a la zona de prensa y allí conocí al encargado de las redes sociales en inglés que nos dio la bienvenida. Sentía cierta envidia de mis amigos que estaban en la otra tribuna porque en un estadio con 80% de gradas de pie, nosotros éramos de los pocos sentados, y además no podíamos beber cerveza, así que no vivimos la experiencia 360 de un partido en el estadio del Union.

Justo antes de comenzar sonó el himno de la reina del punk alemán, Nina Hagen, y me sorprendí a mí mismo cantándolo y con los pelos de punta. ¡Este club se me había clavado definitivamente en el corazón! Los locales se pusieron por delante e intenté contenerme entre la seriedad de los periodistas. Poco después el partido se paró por bengalas en la zona de la hinchada del Leverkusen. Nunca había visto tanto fuego en un estadio. ¡Era precioso a la vez que espeluznante! Con 2-1 abajo, en el minuto 84 Bülter empató y la contención inicial dio paso a una celebración en condiciones, las filas de atrás nos tiraban cerveza y mientras mis compañeros de asiento protegían sus ordenadores y micrófonos yo saltaba como un enano. En el descuento Diaby marcó el 2-3 y nos dejó con un mal sabor de boca. Pero también sirvió para ver la otra cara de esta gran afición. Tras ese duro golpe nadie se movió del estadio y celebraron con los jugadores durante media hora, dándoles las gracias por poder vivir aquella experiencia jornada tras jornada. Con el Union aprendí que el premio es el camino, que disfrutar cada semana de tu equipo y sentirte orgulloso de ellos es más que suficiente para ser feliz con el fútbol. 

Desde entonces este equipo ha ido superando barreras para llegar a completar la primera vuelta de la 20/21 en puestos europeos. Una hazaña espectacular para uno de los presupuestos más bajos de la categoría. Sin embargo, la alegría no puede ser total porque este gran momento deportivo no sería posible sin su luchadora afición y estos no están pudiendo disfrutarlo en el estadio. Esperemos que pronto mejore la situación de la pandemia y la familia Eisern vuelva a unirse en las gradas y el césped de An der Alten Försterei y que yo personalmente vuelva a tener la oportunidad de disfrutarlo junto a decenas de Unioners de todo el mundo que he ido conociendo durante este año.

Y NUNCA OLVIDES: UNIÓN DE HIERRO

Alberto Doblaré

Twitter: @fcunion_es