Uruguay nomá (por Francisco Ortín Montero)

Llegué a Montevideo el 30 de mayo de 2011, con un otoño avanzado y veintidós días por delante para impartir formación en la Universidad Católica de Uruguay (UCU) sobre mi pasión científica: la influencia del optimismo en la salud y el rendimiento.

Muchos raticos por vivir y actividades salpicadas en el calendario, para el disfrute del tiempo y los eternos paseos que ofrece esta ciudad.

Mi alojamiento, en el barrio Tres Cruces, permitía una conexión idónea con el centro, con la propia Universidad y con la mayor estación de ómnibus del país para rápidas escapadas fuera de la capital.

Verónica, mi anfitriona, completaba su trabajo como docente con el de psicóloga del deporte, entre otras entidades en el histórico club de fútbol del Nacional de Montevideo. Vero me mostró pronto su maravillosa mezcla de hospitalidad y carácter… “Vos estás loco. Venir hasta acá y dejar a tu mujer con una niña de cinco años y embarazada de cinco meses. Si me haces eso a mí, te mato”. Enlazando con el constructo profesional a investigar, miré las cosas de forma positiva y acerté, pues Vero se convirtió pronto (y aun lo es) en una buena amiga.

Yo, que huyo del concepto suerte, pues no creo que ayude en general, he de reconocer que ésta me acompañó en las diferentes posibilidades de conocer un país a través del deporte. En menos de un mes la vida me ofreció tres eventos:

Por un lado, el Nacional jugaba en casa contra el Defensor Sporting. La victoria le daba el título y además viví el último partido del mítico “Muñeco Gallardo”. Invitado por mi anfitriona, me sentí “bolso” por un día. A los de Nacional les dicen así porque tienen el escudo bordado en el bolsillo de la camiseta.

Pocos días después, se celebró un amistoso entre Uruguay y Holanda, que viví de la segunda manera más intensa posible: en un bar con lugareños entregados a los colores, en este caso a “La Albiceleste”. Una fainá (base realizada con harina de garbanzos, agua, aceite de oliva, sal y pimienta) en La Pasiva, franquicia nacional, acompañó las conversaciones y risas que bordaron un vibrante partido.

Pero la vida y esa suerte no reconocida me ofrecieron el premio de oro. El otro gran club de Montevideo, el Peñarol, después de veinticuatro años, jugaría de nuevo la final de la Copa Libertadores, esta vez contra el Santos de Neymar. Complicado darle la espalda a la suerte, lo sé.

Los de Peñarol son conocidos como Manyas, término que pretendió en su origen ser un agravio, y que se transformó en un sentimiento para jugadores y seguidores de este equipo.

Pasar de Bolso a Manya en dos semanas es un pecado mortal, solo perdonable por mi condición de turista y por los acertados silencios según con quien hablaba. Pero Vero era tan linda que me gestionó una entrada para el partido de ida, aunque sus tripas de Bolso rugieran al fabricar ese detalle para su invitado.

La tarde antes del partido, Jesús Chalela, presidente de la Sociedad Uruguaya de Psicología del Deporte (SUPDE) me invitó a lo que ellos definen como Ateneo. Una jornada con discusión y debate sobre un aspecto científico. A mitad del evento, vi entrar a Verónica, con una mirada (no hizo falta más) muy significativa… “tengo tu entrada, no te imaginas lo que significa esto, yo soy bolso…vos me cagaste…” Quién sabe. Seguramente ella no pensó nada de eso, pero fue lo que yo traduje en aquel momento.

Vivir un partido enseña algo sobre la sociedad. Vivir una final se convierte en algo especial. Presenciar una final de la Libertadores, un sueño para cualquier apasionado del fútbol.

La estadística era desfavorable al Peñarol, ya que se enfrentaron en la final de 1962, con un 3-0 para los brasileños y dos goles de un tal Pelé.

La ciudad, o al menos la mitad de ella, exhalaba el partido desde días antes. Y llegó.

–Vaya usted dos horas antes Francisco –fue el consejo general–. Que el estadio se llena pronto.

Incrédulo, seguí el consejo aunque pensando que los uruguayos eran seres exagerados.

Un “chivito” para comer (bocadillo de dimensiones colosales con carne, jamón, tomate, mayonesa, mozarella, huevo y lechuga), una siesta y al estadio. A pesar del chivito, el paseo me dio para completar la ingesta del día con un “pancho largo” en un puesto callejero (perrito caliente con la salchicha el doble de larga que el pan).

Aumentando mi ignorancia, perdí algunos minutos buscando un bar cerca del estadio para tomar un café, como si me encontrara en los aledaños de la vieja Condomina de Murcia. Vencido, entré al estadio y de inmediato un hombre me ofreció un café en plena grada. Viviendo y aprendiendo, sin duda.

El “Centenario” albergó la final de la primera Copa del Mundo de 1930 que Uruguay ganó como anfitriona, y fue declarado por la FIFA como Monumento Histórico del Fútbol Mundial en 1983. Una construcción emblemática y en el alma de todos los uruguayos.

A mi ignorancia por el asunto del café, se unió mi incredulidad. El estadio, efectivamente, estaba repleto y cantando al unísono cien minutos antes del comienzo del partido. Mi asiento, entre un niño y un casi anciano, aumentó mi perspectiva de día histórico. Primer gran partido para uno y probablemente última gran final para otro.

Con el paso de los minutos los aficionados comenzaron a encender bengalas, algo ocasional al principio, y prácticamente un incendio conforme avanzaron los minutos. He leído en las redes que se definió como unos de los recibimientos más espectaculares de la historia. Seguramente eso lo escribió un “Manya”, pero juzguen ustedes. Les aseguro que cuando pude ver a los jugadores, el partido superaba el minuto cinco. Hasta entonces, solo niebla artificial y el cántico repetido al menos dos horas.

“Dale alegría alegría a tu corazón…

La Copa Libertadores es mi obsesión…

Tenés que dejar el alma y el corazón…

Tenés que dejarlo todo por Peñarol…

Ya verás. La Copa Libertadores vamos a ganar…

Ya verás. No somos como los putos de Nacional…”

 

El partido algo aburrido. Defensas férreas, conservadurismo por ser el partido de ida, y una patada a Neymar al comienzo que le invitó a dejar posibles regates y filigranas para la vuelta. Poco fútbol vistoso (aunque disfruté lo táctico) pero un gran espectáculo. Más de 60000 almas de rojo y negro y un córner con algo más de un millar de brasileños buscando hueco para sus canciones. Cero a cero. Satisfacción y temor por igual. El Santos venció el partido de vuelta dos a cero, al parecer de forma contundente.

De vuelta al hotel, paseando tranquilo por la Avenida Italia, aun estaba excitado. Me costó conciliar el sueño. La canción seguía en mi cabeza, y la sensación de lo vivido no quería reposo.

Veintidós días en Montevideo, con escapadas a Colonia de Sacramento y Punta del Este. Uruguay y su gente. Tres millones y medio de habitantes, y tantos títulos continentales como los gigantes.

Pasión por la vida. Hospitalidad máxima y algunos raticos de fútbol para la mochila.

¡¡¡Uruguay nomá!!!

 

Francisco Ortín Montero es doctor en Psicología y Profesor de Psicología de Deporte en la Universad de Murcia. Co-fundador y miembro del grupo literario “Las cenas del Picoesquina” . https://rlpicoesquina.wordpress.com/