EL BAILE DE LOS ZENÚES

Vuelta de semifinales de Champions 2017. Atlético Madrid 2 – Real Madrid 1

Bienvenidos al Aeropuerto Adolfo Suárez. Por favor mantengan sus aparatos electrónicos apagados hasta que el avión esté completamente parado. Tras unos segundos de cortesía, con el avión aún en marcha, al menos la mitad de los pasajeros conectamos nuestros móviles. Lo de la adicción al móvil es para mirárnoslo. Tengo un whatsapp de Pepe y Fran. Abro la foto y aparecen con una cerveza en una mano y con Radomir Antic en la otra.

Antic fue el entrenador del Atlético el año del mítico doblete. Liga y copa en 1996. Uno de sus grandes méritos fue apostar por el fichaje del serbio Milinko Pantic, que jugaba en el Panionios griego. Pantic fue fundamental en el año del doblete por su golpeo a balón parado. Sus saques de esquina eran medio gol. Desde 1996, Doña Margarita le pone a Pantic una docena de claveles rojos y blancos en un córner del fondo sur del estadio Vicente Calderón. Cuando Margarita no puede venir desde Talavera de la Reina, le encarga la tarea a unos amigos. Hoy será el último día que lo hará en el Calderón en Champions League. El Atlético de Madrid jugará la próxima temporada en el Wanda Metropolitano.

Margarita pantic

Sobre las 15:30, y luciendo camiseta rojiblanca, tomo un tren de cercanías que me lleva desde el aeropuerto hasta Atocha. Al salir de la estación un quiosquero, con un paquete de periódicos en la mano, me grita a todo pulmón «¡Vamos Atleti!».

—A ver si se da un milagro —le contesto cuando me recupero del susto.

—¿qué milaaagro? Hueeevos. Hueeevos —me dice contrariado y con acento de cerca del Rio de La Plata.

Junto al quiosco, un chaval aparta la cara de su móvil y aprueba el comentario del quiosquero asintiendo con leves movimientos de su cabeza. Luego me levanta el pulgar y regresa a su mundo digital.

Cuando llego al Hostal Bruña a dejar la mochila, tres señoras sentadas en el sofá de escay de recepción me desean suerte para el partido con tono compasivo, como deseando algo que probablemente no se va a dar. No las culpo. El 3-0 del partido de ida no es para ser optimistas.

            Tomo un taxi para llegar lo antes posible junto a mis compadres. Están en el restaurante 1903, en las entrañas del Vicente Calderón. Sobre las paredes del 1903 cuelgan bufandas de peñas atléticas y camisetas firmadas. Peña Atlética de Mallorca, de El Ejido, de Bruselas, de Luxemburgo… Mis amigos están junto a miembros de la peña atlética Castillo de Lorca en un salón privado que tiene el restaurante. Me cuentan que en ese reservado Jesús Gil jugaba al mus bien atendido por el propietario del restaurante, el señor Julián.

Unos veinte atléticos de la peña están terminando de comer. Llego a tiempo de sentarme en la mesa para tomarme un cortado y probar el surtido de pasteles puestos en el centro de la mesa. En una pantalla muestran vídeos atléticos montados por alguno de los presentes. Me presentan formalmente a un señor extremeño con sombrero. Le llaman El Almeja. Su hijo, también Almeja, saca una guitarra para hacer sonar flamenquito. Canta Lágrimas Negras. Después canta una canción al Atleti de cosecha propia. La cosa se va animando así que nos pedimos un gin-tonic. Ante el jolgorio, algunos de los clientes del bar no resisten la tentación y abren la puerta del salón para curiosear. Dos de los curiosos entran y se quedan de pie a un lado del salón. De sus hombros cuelgan acreditaciones de la UEFA. Ahora los que curioseamos somos nosotros y preguntamos quienes son esos señores acreditados. Nos dicen que uno de ellos es el halconero del club. Sí, en el Calderón hay un halcón para mantener alejadas a las palomas del césped. La identidad del acompañante se desconoce.

— Será su segundo —bromean.

halconero calderon

Se respira un leve optimismo para remontar ese 3-0 de la ida en el Bernabéu porque ser del Atleti es un sueño constante. Es recordarte cada día que las cosas cuestan mucho y que no hay que dejar de pelearlas. Es no dejar de soñar hasta que te den una bofetada lo suficientemente fuerte para despertarte, y un minuto más tarde comenzar a fabricar otro sueño. «Nunca dejes de soñar», leí en una bandera gigante ese día en el Calderón. Después de unos tragos al gin-tonic burbujeante, Pepe, Fran y yo nos hacemos un selfi y lo enviamos a los amigos futboleros. En el pie de la foto escribimos «¿Y si sí?».

foto con entrada calderon-V2

Quedan más de dos horas para el inicio del partido y ya hay cientos de personas en los alrededores del Vicente Calderón. Para ser precisos, principalmente en los bares próximos al estadio. El núcleo más fuerte está en el bar El Parador, en la calle San Epifanio. Allí se bebe y se canta. Se muestran banderas y una señal de tráfico que alerta de la presencia de ciervos. Es algo poco conocido, pero la afición del Atleti llama ciervos a los madridistas. Estuve preguntando el porqué, y la explicación fue que los madridistas eran unos cornudos. Ese pobre argumento es el que quizás impide que no haya extendido demasiado esta etiqueta puesta a los aficionados del Real Madrid. O quizás es que lo de llamar cornudo a alguien siempre hay que hacerlo con la boca pequeña ya que los ojos no siempre alcanzan a ver lo que uno lleva en su cabeza.

 

Nos compramos unas cervezas y las sacamos a la calle en vasos de plástico. Nos alejamos un poco de la puerta del bar. A nuestro lado un señor disfrazado del personaje de videojuegos Don Mario gana un euro por cada foto que se toman con él. A pocos metros, su mujer, con rasgos indígenas andinos, vende frutos secos. Cerca de los dos, y sentada en una acera, la hija, de unos cinco o seis años, habla a una muñeca que mece entre sus brazos. A la niña le regalo un sombrero con publicidad de cerveza Mahou, y ella y su madre me regalan una sonrisa.

Mientras nos bebemos la cerveza hablamos con un par de mexicanos. Son de Durango y sus equipos preferidos son el Atlas y el Santos. Ya ni me preocupo en preguntarles que hacen aquí. Es como preguntarle a un alcohólico por qué se toma un whisky nada más levantarse. Están enfermos de fútbol. El día anterior estuvieron en Turín viendo la otra semifinal (Juventus-Mónaco). Al día siguiente regresan a México.

No nos da tiempo a despedirnos de los mexicanos porque vienen hacia nosotros decenas de personas en estampida. Nos unimos a la manada alejándonos del lío. De fondo se ven a policías antidisturbios cargando contra aficionados del atlético. Al parecer, los aficionados del Real Madrid, escoltados, habían pasado por la calle de al lado y hubo follón. Al rato, junto a las ambulancias, vemos brechas en cabezas, un dedo roto y un ojo cerrado por inflamación. Algunos de los heridos se quejan de que solo pasaban por allí, y claro, los antidisturbios no suelen interrogar antes de soltar la porra. Cerca de las ambulancias también veo cámaras de televisión con logos de canales extraños. Es un evento de escala mundial.

Después del jaleo miramos los relojes y nos queda el tiempo justo para comprar un bocadillo y meternos al campo. El bocadillo lo compramos del Bar El Doblete, que tiene en la barra pilas de bocadillos envueltos en papel de aluminio.

— Tres de jamón, jefa.

La jefa nos da tres de jamón con cara estresada. Qué difícil es mantener una cara relajada trabajando detrás de la barra de un bar lleno, o jugando en un estadio frente a 60.000 personas. Salimos del bar y abrimos los bocadillos. El jamón había que buscarlo dentro del pan.

Nos confundimos de cola para entrar y ya vamos muy justos. Una vez dentro, corremos para echar una meadita y desde el baño se empieza a escuchar el himno del Atleti a capela. Mierda, ya han salido los jugadores ––pienso––. Cuando damos con la puerta de nuestra grada entro y me da el tiempo justo de gritar junto al resto del estadio un par de ¡Atleti! con los brazos extendidos y respirarme un Vicente Calderón a reventar.

Estamos en el segundo anillo del fondo sur. Veo pancartas atléticas de Miguel Turra, Santa Ana de Pusa, El Guijar… El Atlético ha salido muy intenso. Así, sí se puede. En el minuto 12, Saúl remata a gol un córner sacado por Koke. 1-0.

 

Cuatro minutos más tarde, Varane hace penalti a Torres. En la grada empezamos a cruzarnos miradas mientras con las manos en la cabeza nos despeinamos inconscientemente. Chuta Griezmann y GOLLL… Joder, joder. Vamos, vamos. Ya se empiezan a ver caras de gente poseída. De esas caras que se desfiguran porque los músculos del rostro se quedan cortos para expresar la emoción. Estamos a un gol de empatar la eliminatoria, y el atlético está crecido. Los jugadores del Real Madrid se miran incrédulos entre ellos. Sus miradas preguntan:

––¿Pero, estos no estaban muertos?

El Atlético de Simeone es como una raspa de pescado atravesada en la garganta que aunque no esté, tienes la sensación de que no se ha ido. Esto me recuerda a un fragmento del libro Ursua, de Willian Ospina. Ospina cuenta que los indios Zenúes consideraban a los españoles deidades ––extraños seres con armadura y caballo–– y por lo tanto cuando mataban a uno, lo seguían vigilando un par de días o tres hasta que olían el hedor de la muerte, y solo entonces lo celebraban bailando.

Tras el 2-0 recuerdo una ocasión de Carrasco dentro del área en la que Koke, libre de marca, le gritaba pidiéndole el balón. Oblak sacó una mano milagrosa para recordarnos que nadie en el mundo podría defender mejor esa portería. Todo pintaba muy bien, hasta que Benzema se disfrazó de Mary Poppins para, colgado de un paraguas invisible, volar sobre la línea de fondo escapándose de los guardianes del área Savic, Giménez y Godín. El balón, pegado a los pies de Benzema, zigzagueó milimétricamente sin caer al vacío delimitado por la línea de fondo blanca. Al cerrar el paraguas, Benzema Poppins volvió a la tierra y, ya sin ninguna oposición, dio un pase hacia atrás para que Isco hiciera Gol. Espadazo que atravesó las tripas del atlético, pero, ¿estaría muerto?

mary poppins

 

––Madridistas, hijos de puta ––gritaba una niña de unos 15 años a todo pulmón en la fila de delante. Su padre, al lado, no se lo reprobó. La niña lo volvió a gritar. El padre volvió a callar. Cada día que pasa me cuesta más entender el odio al rival en un juego. No sabemos jugar.

En la segunda parte, Isco y Modric controlaron el partido pasándoselo bien. Daba gusto verlos disfrutar. Zidane ha conseguido hacer un equipo que gana y que a ratos disfruta jugando al fútbol. Otro logro aún mayor es conseguir ser respetado por un vestuario de grandes figuras. Uno puede pensar que el haber sido uno de los mejores de la historia le otorga ese respeto. Sin embargo, otros grandes jugadores no han conseguido la sumisión de un vestuario. El carisma de Zidane tiene un hecho diferenciador que es el cabezazo que le soltó a Materazzi en la prórroga final del Mundial de Alemania 2006. Quedaban diez minutos para llegar a los penaltis. Materazzi le dijo a Zidane algo sobre su hermana. Una tontería según el italiano. No le pareció así a Zidane que le embistió en el pecho para tirarlo al suelo. Tarjeta roja directa. Ahora tú, con eso en la memoria, vas y le dices a Zidane una tontería en el vestuario.

Nota: Italia ganó aquel Mundial en los penaltis.

 

Quedan pocos minutos para el final del partido y comienza a llover. Una lluvia fina y constante que no impide que el fondo sur cante una última vez el himno del Atleti en un partido de Champions en el Calderón. Se ve algún relámpago a lo lejos. Alguno decide vivir ese momento místico cantando sin camiseta y abriendo los brazos hacia el cielo. Espera. El chico sin camiseta es el mismo del ojo golpeado por un porrazo de los antidisturbios. El ojo sigue cerrado y rojo como un tomate.

Acaba el partido y mientras los jugadores del Madrid celebran con su afición el pase a la final de Cardiff, la megafonía del Calderón les recuerda la cornamenta a sus rivales y suena a todo volumen la canción del “El venao”, de Wilfrido Vargas:

Y que no me digan en la esquina, el venao, el venao,

que eso a mí me mortifica, el venao, el venao.

Los jugadores del Atlético, abatidos, caminan en círculo aplaudiendo al público y se retiran cabizbajos al vestuario. Ahora sí. El césped del Calderón desprende un olor hediondo y los jugadores del Real Madrid se retiran al vestuario convencidos de que el Atlético está definitivamente eliminado.

 

 

 

RESUMEN DEL PARTIDO:

 

 

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