TERREMOTO Y TSUNAMI EN LISBOA

Final de la Champions League 2014. Real Madrid vs Atlético de Madrid

 

Son las 5:45 de la mañana del sábado 23 de Mayo del 2014 y salgo por la puerta de mi edificio. Desde su cabina iluminada, el portero me lanza una mirada interrogatoria que pregunta ¿qué haces a estas horas con una camiseta del Atlético de Madrid y una mochila a la espalda?.

La mirada-pregunta me acompaña hasta que al pasar a su lado me paro, abre la ventanilla y digo: Me voy a Lisboa.

–Coño, ¿a ver la final?

–Sí – sonrío–. ¿Tú de que equipo eres? ¿Culé?

–No, del Athletic de Bilbao

Qué bueno. Sabías que el Atlético de Madrid lo fundaron unos estudiantes vascos que vivían en Madrid. Bueno, el equipo tuvo varios nombres, pero lo de Atlético y lo de las rayas rojiblancas vienen de ahí.

–¡Anda!. Pues no lo sabía. Pues con más razón aún quiero que gane el Atlético…aunque con las ganas que tengo de que pierda el Madrid ya es suficiente –dice riéndose de su ocurrencia.

–Agur.

–Agur.

Me sorprendió encontrarme el avión medio vacío. Un pareja que viaja a mi lado me resuelve el misterio.

–Veníamos ocho del Barça. Nos sacamos los billetes con tiempo, pero solo hemos venido mi mujer y yo.

Charlamos de fútbol y de ese aplauso del Camp Nou al Atlético de Madrid el fin de semana anterior, a pesar de haberle arrebatado la liga en el último partido del campeonato. Hablamos de la psicología en el deporte y de ese nosequé que les había metido Simeone en la cabeza a los jugadores haciendo un equipo muy difícil de batir.

–De jugadores que hace nada eran normalitos, ha hecho un equipo campeón. Deu n’hido!. Si son casi los mismos que parecieron resucitar al eliminar al Albacete en copa hace un par de temporadas tú –decía el catalán.

Aterrizo en Lisboa, una ciudad más antigua que Roma, por donde han pasado pueblos muy diversos dejando en el recuerdo batallas sangrientas pero también sabiduría y tradiciones en la desembocadura del Tajo y en las colinas que lo observan. Tomo el metro desde el aeropuerto hasta la estación de Santa Apolónia. Antes de cambiar de línea azul a roja en Săo Sebăstiao, una chica en sus treinta y tantos se sienta a mi lado con la bufanda madridista. Había venido viajando en bus de madrugada desde Madrid, y comentaba que en su autobús estaban fumando porros a pesar de las quejas del conductor y otros pasajeros.

–En estos partidos siempre hay unos cuantos descerebraos, da igual el equipo que sea, y en mi bus han caído media docena –lamentaba.

Ella regresa a Madrid después del partido, pero al menos tiene entrada y se encontrará con su hermano que viaja desde Galicia, lo cual justifica el aperreo del viaje. Algo que suena a razonable.

No cae en esa categoría de razonable el caso de mi compadre Chuti, un enfermo más del fútbol, que 48 horas antes de la final nos dice que viaja desde Murcia sin entrada en una caravana junto a otros cuatro que sí la tienen. Para colmo, él es del Barça.

Mi amigo Fran está de estancia en una universidad lisboeta para dar unas clases de psicología del deporte. Fran, da alojamiento a Chuti, pero a mí además me proporcionó una entrada gracias a sus contactos dentro del Benfica. God bless you bro!.

Desde la estación de Santa Apolónia busco, mochila a la espalda, el apartamento de Fran en la plaza de Săo Miguel del Barrio de la Alfama. La Alfama es un barrio encaramado a una colina, con calles estrechas y empinadas que desprenden el aroma de su pasado árabe. Paredes blancas, ropa tendida en los balcones, y conversaciones que se escapan por las ventanas.

alfama view

No llevo ni mapa ni GPS, así que tiro del método de toda la vida y pregunto a la gente. Uno me dice que para arriba, otros que para abajo, un comerciante que para un lado. Después de coronar dos veces La Alfama y volver al punto de partida, asumo mi derrota y llamo a Fran al móvil. Estaba con Chuti tomando un café a cien metros de mi llamada. Me acerco a mis colegas y nos fundimos en un abrazo tras unos bailes estáticos inclasificables….algo análogo al movimiento de trasero y cola de los perros cuando están contentos.

Pasamos por el apartamento y pronto salimos a dar la primera vuelta de reconocimiento. Les pido tomar un café lo primero, y Fran me regala una de esas frases que pueden durar una vida.

Feo, te voy a decir una cosa que me dijo un portugués nada más pisar Lisboa.

“En Portugal el café esta bueno, las mujeres no.”

Paseando por Lisboa, no pasaron mucho minutos hasta que comenzamos a rebatir ese dogma. En la Praça do Comércio, que por un lado muere en las aguas del Tajo, hay casetas de los patrocinadores de la Champions y tiendas de merchandising. En el centro de la plaza, José I de Portugal hecho estatua ecuestre se siente como en casa rodeado de tanto español ya que en el siglo XVIII lo casaron con una borbona hija de Felipe V.

En los alrededores comienzan a aparecer esos hinchas peculiares que dan color al ambiente: Un Atlético con plumas de jefe indio, un madridista con una imagen de Juanito a tamaño real. Al paso de la imagen de Juan Gómez (Juanito) con un aura en la cabeza, algunos madridistas se levantan de sus asientos en la terrazas de los bares para cantarle.

Arriba,

arriba, arriba,

arriba con ese balón,

que Juanito la prepara, que Juanito la prepara,

y Santillana mete Gol.

 

Además le cantan…

Illa, illa, illa,..Juanito maravilla.

 

Paseamos hasta llegar a la Fan Zone del Real Madrid, situada en la Praça da Figueira. En lugar de una higuera, en la plaza nos encontramos a Juan I de Portugal y su caballo petrificados, y unas pantallas gigantes a las faldas del castillo de San Jorge. Hay música de discoteca, y de vez en cuando algún hincha sube al escenario, sobre el que se lee “A por la decima”, para marcar las primeras notas de alguna canción madridista. Mientras tomamos una cerveza, Ronaldo número 7 no quita ojo de otro madridista que corta jamón sobre una poyata donde también hay pan de hogaza y tomates. A sus pies, se eleva una torre de cajas de latas de cerveza que le llega hasta la cintura.

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Paseando pasamos frente a la estación de Rossio, de donde salen manadas de futboleros. Por delante de la estación, una comitiva merengue desfila al frente de una muñeca hinchable vestida del Barcelona, con su camiseta de bandas rojas y amarillas.

Regresamos a la Alfama para comer. En un bar de cuatro mesas, nos atiende un señor sonriente y amable. Un par de personas comen solas acompañadas por las noticias de un televisor que tiene el volumen alto. Comemos unos bocadillos de carne, ensalada y unas sardinas a la plancha. De postre unos pasteles de nata. La comida nos deja listos para una siesta reparadora. Pero no contábamos con la vitalidad de los vecinos de la plaza de Săo Miguel, que están colocando cosas en la calle para la fiestas del barrio y se escuchan como si estuvieran sentados en la esquina de la cama. Así que siesta abortada. Tumbados escribimos algún WhatsApp y antes de volver a echarnos a la calle grabamos un vídeo para saludar a nuestro amigo Quino Bataplán*.

*A Quino le adjudicamos el mote de Bataplán una noche de fiesta en San Sebastián, tras caer eliminados en el campeonato de España universitario de fútbol. Tras unos tragos Quino se fue a dormir al hotel junto a otro grupito. Sin embargo, una vez en la cama reflexionó sobre qué hago yo aquí a mi edad, y sin avisar a nadie salió de regreso a la discoteca. Al cierre de la discoteca Bataplán, frente a la playa de la concha ya iluminada por los primeros rayos de sol, lo vimos salir el último, en solitario, con las manos metidas en los bolsillos de su chaleco y con el guardia de seguridad dándole palmaditas en la espalda. Aquella noche nació un espíritu, una actitud. Desde entonces todos los amigos del aquel equipo somos Bataplán.

–Bataplanes, nos vamos ya o qué? –preguntaba Chuti ansioso por seguir viviendo el ambiente pre-partido.

Fran es un merengue renegado, y se pone una camiseta del Benfica para la ocasión. Chuti es del Barça y lleva una bufanda de la final con los colores de ambos finalistas. Yo voy con la camiseta del Atlético. Los tres queremos que el Atlético gane esta final.

Son los 4 de la tarde y Lisboa está a reventar de atléticos y madridistas. El año pasado escribía que los aficionados del Chelsea tenían el estereotipo de piratas recién desembarcados después de meses en altamar. Con la injusticia que conlleva una generalización, me atrevería a decir que el aficionado estándar del Madrid parece recién salido de un cocktail en el Club de Campo. Flequillos repeinados o engominados, mocasines o bambas de marca, y los jerséis anudados al cuello suelen ir acompañados de camiseta del Real Madrid. Alguien podrá sentirse molesto por no sentirse identificado con estos patrones, pero la diferencia de clases entre los dos equipos de la capital era algo evidente.

Nos metemos en el metro hasta la parada de Marqués de Pombal. Desde allí había que subir una cuesta por el parque de Eduardo VII durante unos 10 minutos para llegar a la Fan Zone colchonera.

nota: Hace un par de años en Colombia, el plena fiebre Falcao, alguien me preguntó por qué llaman colchoneros a los del Atlético. No supe responderle. Ahora sé que es porque antiguamente los colchones se forraban con una tela a rayas rojas y blancas. Mi abuela de Fuente Librilla tenía de esos. Eran de lana y en ellos te hundías hasta el infinito. Mi padre me dice que eran de lana si tenías suerte, porque muchos rellenaban los colchones de paja, o de perfolla de panocha.

PUEDES LEER EL RESTO DEL RELATO EN EL LIBRO “Raticos de fútbol”, disponible en papel o en formato electrónico en http://www.amazon.es o http://www.amazon.com 

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Resumen del partido: