Grizou y el peso de uno mismo

 

Lyon, Mayo de 2018. Final de la Europa League.

 

Es un mañana de un miércoles de mayo. Llego a la Estación de Sants algo justo de tiempo. Mi tren sale a Lyon a las 8:25. Ya dentro de la estación, veo pasar una maleta que parece que va sola, pero al instante asoma la cabeza de un niño que la maneja. Ahora ya le veo los hombros y lleva una camiseta del Atlético de Madrid. Su padre se le acerca y le acompaña el paso apoyando la mano sobre su cabeza. Se dirigen hacia una cola donde más de una docena de camisetas atléticas esperan para acceder al andén número 4.

Cuando allá por diciembre el atlético quedó eliminado de la Champions, preguntaron a Gabi por la Europa League. El capitán, en un arrebato de sinceridad dijo «ahora mismo te diría que es una mierda». En cambio, meses más tarde, 10.000 atléticos, incluido Gabi, viajamos a Lyon con la ilusión de ganar la Europa League contra el Olympique de Marsella (OM).

El tren deja atrás Perpignan. En el vagón-cafetería me apoyo en la mesa central disfrutando de un café humeante y de un sándwich de jamón serrano y queso que traje hecho de casa. Por la ventana de la derecha se ven entradas de mar, lagunas costeras y poblaciones besándose con las aguas del mediterráneo. Por la izquierda observo algún viñedo. Viajo sobre una ruta que miles de españoles han hecho para trabajar en la recolección de la uva. Estoy en la región vinícola de Languedoc-Rosellón. Qué bueno recordar de vez en cuando que muchos venimos de padres y abuelos que tuvieron que emigrar para dar a sus familias una vida digna, o para construir sus sueños. Mi padre Joaquín estuvo en Alemania haciendo vías del tren. De esa manera saneó la economía de su familia y pudo estudiar magisterio. Hay que recordarlo no solo por el esfuerzo que hicieron, también por lo mucho que agradecieron cualquier mano tendida de la gente del lugar. Afortunadamente ahora los españoles estamos en el lado de los que pueden tender la mano.

Con el vaivén del tren y una preciosa luz de mañana mediterránea curioseo en Google y me cuenta que celtas, romanos, vándalos, Carlomagno, aragoneses y cátaros, entre otros, se tomaron un vino antes que tú y que yo por estas tierras cercanas a Montpellier. Viajo solo porque conseguí una entrada unos días antes de la final y me tiré a la piscina sin planificar la logística. El viaje era fácil y cómodo. Son cuatro o cinco horas de AVE desde Barcelona. El problema era el alojamiento. Los hoteles en Lyon estaban completos. Mi primo Pepe me puso en contacto con siete socios de la Peña Atlética Castillo de Lorca. Tienen reservadas cuatro habitaciones dobles, y yo les cuadro para completar una habitación. Me meten en un grupo de Whatsapp y leyendo sus mensajes pronto percibo que son gente agradable y divertida. Al llegar al hotel de Lyon me dicen que están en la Plaza Canet.

La plaza está llena de atléticos que cuelgan sus banderas y pancartas, o que simplemente, como hace la Peña 17 de mayo, las extienden en el suelo para marcar el espacio donde beber cervezas y conversar. Observando el ambiente paseo por la plaza hasta encontrar la pancarta de la Peña Castillo de Lorca, de unos cuatro o cinco metros de largo, sostenida entre dos árboles. Me presento al grupo y entre risas y palmadas en la espalda me dan la bienvenida. Me presentan a Paco, mi compañero de habitación. Entre bromitas sobre la nueva pareja de alcoba nos cruzamos públicamente la pregunta del millón. ¿Tú roncas? Y los dos contestamos lo que decimos casi todos: normalmente no, pero, ocasionalmente, puede ser.

Están muy animados. De inmediato deduzco que me sacan varias cervezas de ventaja.

—¿Dónde puedo comprar cerveza?

—En aquellas sombrillas negras —me indica Alejandro.

La cerveza me costó 15 minutos de espera y 6 euros.

De regreso encuentro un revuelo alrededor de una periodista de La Sexta. Van a conectar en directo desde las noticias del mediodía y la gente va tomando posiciones para aparecer en plano mientras envían mensajes a la familia para pedirles que estén atentos al televisor. Pillo plano de cámara y mando los mensajes por el móvil «Familia, atentos a las noticias de La Sexta que saldré en directo». Cuando termino el mensaje ya tengo cuatro personas delante de mí levantado bufandas y banderas. ¡Fuck! Intento asomar el hocico en busca del objetivo de la cámara, pero no hay manera. He perdido mi plano y me retiro antes de perder mi dignidad.

Empieza a lloviznar en la Plaza Bonet y eso parece despertar las ganas de cantar de los atléticos. Desde el centro de la plaza se expande el cántico entre saltos, lluvia fina y alguna bengala.

Los años han pasado, y el Frente sigue igual,

honrando tus colores, por toda la ciudad.

No importa lo que pase, no nos separarán,

Atleti yo te amo, contigo hasta el final. Alé, alé, alé, …alé, alé, alé

En la plaza hay una cancha de baloncesto vallada al estilo jaula newyorker. Se accede por una puerta sobre la que cuelga una bandera del Atlético con la cara de Simeone en la que se puede leer «El esfuerzo no se negocia». Por esa puerta hay un trasiego intenso de hombres que entran, se pierden tras un árbol y salen al minuto subiéndose la cremallera.

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            Regresamos al hotel para dejar unas cosas y coger otras. De camino compramos unas latas de cerveza y unos bocadillos que nos comemos caminando por la calle. Alejandro repasa en voz alta el plan del día. El grupo opina matizando detalles como la hora de salida del hotel y se construye un programa sólido y razonable en el que yo encuentro una vía de agua: la cena.

            Desde mi absoluta lealtad al programa y al grupo, mi estómago tiró de mí para hacer una incursión de guerrilla, rápida y eficiente, en un supermercado donde había visualizado un salchichón con muy buena pinta. El radar para detectar salchichón del bueno es una de las cosas que me ha quedado de la infancia. Cuando de niño iba a Fuente Librilla a pasar los fines de semana, recuerdo que los vecinos de mi abuela, Joaquín y Ginés, hijos de los dueños de una tienda con charcutería, tomaban bocadillos con pan de pueblo y salchichón Rolfho, que estaba buenísimo, pero era más caro que otros salchichones. Recuerdo pedirles bocados de su bocadillo rebosante de Rolfho mientras jugábamos al fútbol en la calle, bocata en mano, junto a Alfonsito, Paco el morretes y mi hermano José. Esos partidos con balón de plástico duro, interrumpidos cada vez que un coche pasaba por la Calle Mayor, solían terminar cuando la pelota se colaba en el patio de María del ajo. Patio del que solo mi abuela, María la curruca, podía sacarlo tras conversaciones, más o menos diplomáticas, con María del ajo y su esposo Cascañeta.

Volviendo al día de Lyon, con salchichón, pan y queso en mi mochila cierro la vía de agua y todo es de buen pronóstico en el horizonte del día de la final de la Europa League. Vamos en metro hasta la estación ferroviaria central Lyon-Part-Diu. Antes de salir del metro, una chica que empuja la silla de ruedas de un señor se me acerca y me pide intercambiar mi bufanda con la suya, que es del Olympique de Lyon. A mí me encantaba ver tirar las faltas a Juninho Pernambucao, pero de ahí a llevarme a casa una bufanda del Olympique de Lyon va un trecho. Le digo que no. Me siento mal, pero no hay retorno.

Al salir de Lyon-Part-Diu, unos voluntarios nos indican dónde están los tranvías que nos llevan al estadio. Cuando caminamos hacia los tranvías aparece Greevin, un costarricense que viaja solo a ver la final. La entrada le tocó en un sorteo en Costa Rica. Desayunó en Londres, almorzó en Lyon y ahora pregunta cómo comprar el ticket del tranvía mientras luce una camiseta del Deportivo Saprissa de color burdeos. Le decimos que el tranvía al estadio es gratis y lo aceptamos con gusto en nuestro grupo mientras nos cuenta historias del fútbol tico (costarricense). Nos habla de Celso Borges, de Campbell, de Duarte, y como no, de Keylor Navas.

El Deportivo Saprissa ha ganado 34 ligas de Costa Rica y es el equipo con más seguidores del país. Su nombre le viene de su fundador, Ricardo Saprissa, salvadoreño de origen español. El estadio del Deportivo Saprissa también se llama Ricardo Saprissa. En España los presidentes se conformaban con poner su nombre al estadio. En Costa Rica no. Ricardo Saprissa jugó al fútbol como lateral derecho en el Español de Barcelona, ganó una Copa del Rey de hockey hierba con el Real Club de Polo de Barcelona y acudió a los juegos olímpicos de Paris de 1924 como tenista. Cosas de los años veinte. Más tarde, Ricardo se fue a vivir a Costa Rica y junto a su hermano Rogelio tuvo éxito empresarial, fundamentalmente en la industria textil. Allí fundó el Deportivo Saprissa, equipo del cual nuestro nuevo amigo Greevin luce orgulloso su camiseta, con publicidad en el pecho de Bimbo y embutidos Ibérico.

—¿Perdona, cómo decías que te llamabas?

—Greevin —contestaba—. Un nombre difícil de retener, sobre todo en días en los que te andas fijando en muchas cosas. Con un fin práctico decidimos llamarle Keylor.

Los ocho más Keylor nos subimos a un tranvía tras hacer una larga cola. El estadio Parc Olympique Lyonnais, también conocido como Grand Stade OL, está bastante lejos del centro de la ciudad, y el trayecto se hace largo. Las dos aficiones estamos mezcladas en los vagones más de media hora y por suerte en ese tranvía solo había aficionados sensatos y pacíficos. Intento dar conversación a algún aficionado del OM, pero el par que tengo hombro con hombro en el vagón no me dan mucha bola. En general, los franceses no se sienten muy cómodos con el inglés. En nuestro grupo, Felipe parece ser el más pasional o al menos el más extrovertido. Felipe, a pesar de que los atléticos estamos en minoría en el vagón, no se corta en entonar canciones del Atlético de Madrid. Eso sí, no recuerdo un mayor desafinamiento en mis cuarenta y tantos años de vida. Los compañeros del grupo le recuerdan lo mal que canta, pero Felipe responde con una sonrisa y, lejos de inhibirse, comienza a intentar entonar la siguiente canción.

El estadio está en mitad de la nada. Desde el mismo centro de esa nada, vemos a lo lejos algo que parece un bar y allí acudimos en busca de cerveza. Al acercarnos encontramos un par de bares, uno al lado del otro. Los camareros tras las barras no paran de servir vasos de cerveza. Elegimos el de la derecha, la Boulangerie Sanwicherie Le 505. En el de la izquierda, el Restaurant-Traiteur Lecoueron, la mayoría son seguidores del Olympique de Marsella. Algunos aficionados del OM más calentitos empiezan a tirar petardos. Decían que había 1500 policías para evitar altercados en este partido, pero en esos bares próximos al estadio no hay ni uno. El dispositivo policial lo habrá diseñado un software sin sentido común o un funcionario desganado. Con la cerveza en la mano regresamos a los aledaños del estadio. Keylor habla con unos y con otros. Habla bastante y eso hace que no tarde en confesarlo: le tiene simpatías al Real Madrid. Debió haber leído bien nuestros rostros tras su confesión porque al poco rato nos dice que le gustaría comprarse una camiseta del Atlético. Como premio a esa sensata decisión yo le dejo mi bufanda para que, mientras tanto, lleve algo atlético encima.

Bebiendo nuestras cervezas charlamos con unos aficionados del OM que estaban a nuestro lado. Uno de ellos lleva una camiseta vintage, la de la Copa de Europa que ganó el OM en 1993. El Olympique de Marseille de Papin, Rudy Voller, Deschamps, Angloma y Barthez, le ganaron al poderoso Milán de Baressi, Maldini, Donadoni, Rijkaard y van Basten. En medio de tanto nombre mítico, el 1-0 de la victoria del OM lo marcó un tal Boli. Caprichos del fútbol.

            Los chicos del OM nos explican que lo que pone en el escudo del Marsella, «Droit a but», significa «Derecho al gol». Nos tomamos unas fotos juntos y decidimos entrar al estadio. Entre que nos reagrupamos y buscamos por donde tenemos que entrar, la cola se ha hecho larguísima. Pues nada, paciencia y a chupar cola. Keylor llega finalmente con una camiseta del Atlético de Madrid en la mano. Le decimos que se la ponga y nos dice que no, que luego, y la mantiene doblada en su plastiquito. Muy sospechoso eso, querido Keylor, corazón. Aun así, le sigo dejando mi bufanda para que se sienta integrado.

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Cuando ya nos queda poco para entrar vemos que la policía escolta y cuela por delante de nosotros como a 50 chicos “ultras” del Atlético. Desde la paciente fila nos cagamos en ellos y se escucharon pitos y abucheos de los propios aficionados del Atlético. El mundo al revés, los ultras entrando como VIP.

            Al pasar dos controles de seguridad, nos reagrupamos y comprobamos que estamos todos.

—¡Coño! ¿Y Keylor?

—Se sentaba por otro lado. Se habrá ido a su asiento —me dicen.

Me adelanto al trote por si lo localizo. Al poco observo su inconfundible camiseta vino tinto del Deportivo Sarvissa.

—¡Keylor! ¡Keylor! ¡campeón! ¡Mi bufanda!

—Ah sí, se me olvidó —me dice.

Me la devuelve y nos damos un abrazo de despedida.

—Si voy a Costa Rica te llamo —bromeo.

—Sí, claro —sonríe.

—Cuídate.

—Igual. Chau.

La mercancía más preciada del grupo es la pancarta de la peña donde se lee, en letras blancas sobre fondo rojo «Castillo de Lorca». Esa pancarta ha estado presente en casi todos los grandes eventos del Atlético de los últimos años. Los miembros de la peña la pasean y la cuidan con el cariño que le darían a un ser vivo. El día anterior a la final la llevaron dentro del Estadio Gerland, ahora dedicado al rugby, donde se celebró la final de la Recopa entre el Dínamo de Kiev y Atlético de Madrid. Mientras los miembros de la peña me enseñaban las fotos de la pancarta en el Gerland, a alguno le escuché decir «Mi padre estuvo aquí en aquella final de la Recopa del 86».

En aquel Atlético de 1986 jugaban Setién, Landáburu y Marina. El entrenador era Luis Aragonés. La final la perdió el Atlético 3-0, y Don Luis dijo que la culpa fue suya porque cuando vio entrenar al Dínamo de Kiev se acojonó y transmitió la cagalera a los jugadores. Después de que entrenara el Atlético, Luis y algunos jugadores se quedaron a ver entrenar al Dínamo de Kiev. Contaban que hacían diagonales de 80 metros y que se pasaban el balón con gran precisión y velocidad.

            Cuando salieron de ese entrenamiento, Luis le dijo a los que le acompañaban «vámonos y no le digáis al resto lo que habéis visto». Entre aquellas máquinas veloces y precisas, entonces aún soviéticas y no ucranianas, estaban Oleg Blokhin y Belanov, que también eran las estrellas de la selección de la URSS.

Ya dentro del estadio, nos dimos cuenta de que Felipe se había teletransportado desde nuestro fondo hasta la grada lateral para poner la pancarta de la peña Castillo de Lorca en un lugar estratégico para que se viera bien por televisión. Aún no sé cómo Felipe se las apañó para llegar a la grada vecina y colocar la pancarta junto a familiares de jugadores del Atlético. Además de esa pancarta, Felipe puso otra en la que se leía «Aguaderas», nombre de la pedanía cercana a Lorca donde vive Felipe y otras 400 almas.

Salen los jugadores al campo y de repente aparecen decenas de bengalas en el fondo del OM. Nuestra espera para entrar al campo se hizo interminable por el doble control de seguridad, pero los aficionados del Olympique logran pasar todas esas bengalas, y muchas más que mostraron durante el partido. Un chiste. La afición del Olympique riéndose de la organización de la UEFA en toda la cara.

En medio de la niebla espesa producida por las bengalas, el OM saca de centro y envían intencionadamente el balón a fuera de banda, cerca del área del Atlético. Como si jugaran al fútbol americano, los jugadores del OM avanzan un puñado de yardas para presionar el saque de banda del Atlético. El Atlético sale sin problemas de la presión y la estrategia de saque de centro del OM queda en ridículo.

            Cuando ya había desaparecido la niebla del campo se acerca un señor con rostro de tez morena erosionada por el sol, a mi parecer no por el sol de playas y de estaciones de esquí precisamente, y le pregunta a Felipe por su zagal. Felipe, ayudándose del dedo índice, le da al señor las coordenadas para encontrar a su hijo. El señor, satisfecho con la geolocalización de Felipe, se ajusta una gorra de tela con rayas rojas y blancas, y enciende un puro de gran calibre produciendo una nueva niebla. A su alrededor se va generando un espacio por la gente que huye del pestazo del puro. No llegué a saber mucho de él. Solo sé que viajó en coche con su hijo desde Almendricos, una pedanía de Lorca.

En el campo no pasaba nada especial hasta el minuto 20 cuando al portero del OM, el veterano Mandanda, se le ocurre sacar el balón por el centro enviándole una pedrada al mediocentro Anguissa, que no es Busquets precisamente. Gabi huele el pánico de Anguissa al ver salir el balón de Mandanda y se acerca a su presa para robarle el balón y pasárselo a su compinche Griezzman que hace gol. Minutos más tarde, el jugador de más calidad del OM, Payet, se lesiona. Los atléticos estábamos felices de ver que aquel día el papel de “El Pupas” parecía haberle tocado al OM.

            Griezzmann también hace el segundo gol al poco de empezar la segunda parte. Un golazo. Tras un pase de Koke, conduce el balón a toda velocidad pegadito al pie hasta encontrarse con Mandanda y hacerle gol picándole el balón. Con la preocupación de ganar la final casi resuelta, aparece otra preocupación en las cabezas de los atléticos. Se llama Griezzmann. ¿Se irá finalmente al Barcelona? ¿Será cierto lo de su precontrato? Y entonces el problema que antes del partido era una pequeña colina, visto de cerca, parece una montaña nepalí.

Con esa montaña de fondo, el partido transcurre con Koke y Gabi inmensos. No hay mejor jugador que Koke para definir lo que es un box-to-box. Igual le rebaña un centro a un extremo rival que te remata en el área contraria. Gabi, oliéndose que eran sus últimos minutos en el Atlético también quiso tocarlas todas. Y tantas tocó que hizo el 3-0 definitivo.

            Ya con el partido resuelto, un balón sale hacia la grada y cae a pocos metros de nosotros. El chico que lo coge sonríe y se le pasa por la cabeza quedárselo. ¿Por qué no? El muchacho hace un escaneo rápido del entorno y observa caras asintiendo y gestos que dicen «Quédatelo, tontorrón». El chico celebra la aprobación del hurto por parte del tribunal popular haciéndose un selfi con el balón.

Empiezo a entretenerme más mirando a la grada que al campo. Una pareja de abuelitos del Atleti intenta hacerle entender a los jamelgos de delante que mejor si nos sentamos todos para ver lo que queda el partido con más comodidad. Los de delante pasan el mensaje a los de delante, que a su vez lo pasan para las filas de adelante hasta que el mensaje regresa de nuevo fila a fila con una respuesta negativa. Nos quedamos de pie. Los abuelos se resignan y, cada vez que se para el partido, reposan el culo sobre las espaldas de sus asientos.

Fin del partido e inicio de la fiesta. Veo a Godín y Gabi darse un abrazo apretado. Yo también me lo doy con mis amigos de Lorca.

Gabi deja levantar la copa a Torres. El niño tiene una foto que se merece. Los jugadores, después de acercarse a la zona del estadio donde están sus familiares y encontrarse de frente a la pancarta del Castillo de Lorca, se vienen a nuestro fondo a saludar y celebrar. Saúl es de los más animados. Saúl le hace otro homenaje a Torres llevándoselo hacia la grada donde le dan un Megáfono. Torres, con el megáfono en la mano comienza a saltar y cantar «Yo te quiero Atleti, lololo lolo lo».

 

Tras el partido, en la zona mixta, a Gabi le recordaron sus declaraciones al decir que la Europa League era una mierda.

—Me tengo que tragar mis palabras. Era un momento difícil para todos —confesó Gabi.

—Ahora la mierda me la como yo —apuntó entre risas.

Nuestro hotel, de la cadena IBIS, es pequeñito, pero junto a la recepción existe un pequeño bar con unas pocas mesas, un sofá y un futbolín. Algunos proponen tomar una copa antes de ir a dormir. En el bar ya no servían alcohol, pero el recepcionista dice que nos puede servir refrescos. Mis compadres de Lorca, con muchas horas de vuelo en este tipo de eventos, sonríen al recepcionista diciendo que très bien, que refrescos y hielos ya nos van bien. Al rato sacan bolsas con botellas de vidrio y empezamos a hacer gin-tonics.

En el momento gin-tonics quedamos Alejandro, Felipe, Paco, Basilio y un servidor. Yo estaba agotado pero la conversación con este cuarteto me atrapó.

—Venga, echa otro cortico, Alejandro —así llegó el segundo gin-tonic.

Lo que sentían ellos por el atlético era algo que a mí me desbordaba. Algunos son abonados y viajan desde Lorca o Murcia a ver cada partido del Atlético en Madrid. A Alejandro le llevaron a ver un partido con una pierna escayolada y en silla de ruedas. Basilio, a lágrima viva, le sacaron del estadio dos tipos de seguridad el día que el atlético jugó su último partido en el Vicente Calderón.

Me cuentan orgullosos que esto de ser del Atlético ya les viene de familia. Basilio se emociona recordando a su padre. Basilio estaba convencido de transmitir el legado y al mismo nacer su hijo llamó a un directivo del atlético para pedirle que le hiciera el carné de socio a su hijo. El directivo le dijo que sin problemas y le preguntó que cuál era el nombre del bebé. Basilio dijo que aún no lo sabía, que ya le llamaría más tarde con el dato. En cambio, al hijo de Felipe no le gusta el fútbol. Felipe lo cuenta como una desgracia, como un capricho de la naturaleza que no entiende y que acepta resignado. Luego se anima sacando una foto de Ratón Ayala de la cartera. ¿Cuántos atléticos llevan en la cartera una foto de Ratón Ayala, icono del Atleti de los años 70? Probablemente solo Felipe. Celebramos la exclusiva con risas y un selfi grupal con la foto del Ratón.

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            A la mañana siguiente desayuno con mis siete compañeros de Lorca. Es un desayuno suculento. Buen pan, embutido, distintos tipos de quesos y repostería. Desayunamos disfrutando de la comida y de la conversación, hablando de fútbol.

—¿Dónde será la Supercopa de Europa? —pregunta uno.

—Espera, déjame ver –responde otro mientras pone Google a trabajar.

—En Tallin, Estonia.

—¡Joder, yo estaré por San Petersburgo de vacaciones! —dice Alejandro ilusionado.

—Pues creo que tienes buena combinación por tren —le informo.

¡Partidazo Alejandro! ¡Será contra el Real Madrid! ¡Con las ganas que le tenemos!

Mis compañeros de Lorca tienen el tren antes que yo. Van a París. Me despido con un abrazo y sinceros agradecimientos. Este ratico de fútbol no hubiera sido tan entretenido sin ellos.

Paseo por el centro de Lyon perdiéndome entre las calles estrechas que rodean la catedral. Callejeando salgo al río y allí, en la orilla, veo la escultura de un hombre que lleva en peso a otro hombre que es igual a él. La escultura mide más de tres metros y leo que se llama “El peso de sí mismo”. Y entonces me acuerdo de Griezzmann, o Grizou (griezmmancito) como le llaman en Francia, que lleva el peso de lo que él significa para el Atlético y esto le hace menos libre para tomar la decisión de irse a otro equipo, aunque le pueda apetecer. Todos llevamos el peso de nosotros mismos, de ser padre, hijo, jefe, peón, marido, amigo, o faro de un equipo de fútbol. Un peso que a veces no nos permite saltar, volar o hacer piruetas. Un peso que nos dificulta disfrutar del placer de tomar decisiones sin consecuencias.

PD_1: Grizou se quedó en el atlético una temporada más, pero se marchó al Barcelona a la siguiente.

PD_2: Alejandro fue a Tallin y puso la pancarta de la peña Castillo de Lorca en la final de la Supercopa.

PD_3: Ganamos al Real Madrid la final de la Supercopa en Tallin. En esta ocasión, y a diferencia de la final de Lisboa, el atlético tenía banquillo con el motor suficiente para disputar hasta el último minuto.

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Resumen del partido:

Muchachos:

Himno atleti:

Orgullosos de nuestro jugadores: