El Sestao

            El Sestao no era tan solo una pelota. Era una mascota. Un miembro más de nuestro grupo de compañeros del Colegio Nicolás de Las Peñas de Murcia que, a principios de los años 80, la llevábamos a todos los lados para jugar con ella. Sestao era naranja y de plástico duro. Muy duro. Excepcionalmente duro. Otras pelotas de plástico duro botaban, pero el Sestao no. Al caer se quedaba pegado al suelo, como si hubiera caído una bolsa de patatas. Había otros balones de mejor calidad, los Mikasa, que también botaban poco. Pero el Sestao era diferente, no era de marca. Era como uno de esos perros callejeros de pueblo, sin pedigrí y de estirpe incatalogable.

Un día de colegio, Pedro Montilla apareció en clase con el Sestao metido en una bolsa de plástico. En el recreo le hicimos la cata y desde los primeros toques se ganó el afecto del grupo. Era cierto que pesaba, que no botaba, y que podía picar mucho si te daban un pelotazo, pero el Sestao se quedaba pegadito al pie y nunca se escapaba en mitad de una maniobra de regate. Su peso también propiciaba “melés” en las que se quedaba atrapado en una maraña de piernas esperando una patada certera que lo sacara del embrollo. A menudo, esa patada no encontraba al Sestao sino la espinilla de algún compañero que caía al suelo reclamando una falta cuyo juicio normalmente quedaba sin resolver.

– ¿Perico, mañana te lo traes?

– Sí, sí. “Tos” los días.

Y así el Sestao entró a nuestras vidas. Pasando de una mano a otra, se convirtió en una responsabilidad colectiva. El que se lo quedaba a mediodía lo traía por la tarde. El que se lo llevaba a casa por la tarde tenía que traerlo al día siguiente. El sistema funcionaba porque al salir del colegio el Sestao casi siempre estaba allí, esperándonos para jugar. Si algún día, cuando sonaba la sirena que anunciaba el fin de las clases, no teníamos la pelota por alguna circunstancia excepcional, usábamos como balón una bolsa de plástico llena de papeles. El Sestao era una adicción, y aquellas pelotas-bolsa que solíamos reventar en cada partido eran como la metadona. Aquella precariedad tenía su contrapunto los días de gimnasia en los que Don Matías, en los últimos quince minutos de la clase, nos dejaba jugar con un balón de cuero blanco y rojo. En aquellos partidos tan breves no controlábamos la ansiedad de tocar ese balón “de reglamento,” y corríamos tras él como bandadas de estorninos, moviéndonos en bloque hacia donde fuera el balón.

Puedes leer el resto en el libro Raticos de fútbol II

Agradecimientos a mis amigos Francisco Ortín y a Juan José Pérez Pérez, jugadores de los Sestaos y hoy escritores, por compartir recuerdos y ayudar en la edición.

 

nicolas de las peñas

De izda a dcha,

de pie: Antonio Guardiola, Alvarito, Cartagena, Dona Conchita, Fran Ortín, Palarea, Ruipérez, Carlos Casas, Antonio Jesús Usero, Jorge Ferao, Raúl.. abajo: Antonio José, Germán, Morote, Ramón Bastida, Julián, Jesús Bastida, Juan José Pérez Pérez, Pedro Montilla