Sevilla es de lo mĆ”s espaƱol de EspaƱa. Historia y recuerdo de aquel reino en el que no se ponĆa el sol. Entonces, barcos repletos de oro subĆan por el Guadalquivir para descargar en Sevilla. Alrededor del oro se avivaba el ingenio, para llenar despensas o para evitar que se vaciaran. Y asĆ, la picaresca y el arte se desbordaban por el Guadalquivir irrigando las tierras de la penĆnsula ibĆ©rica. Desde entonces, el duende campea por nuestra EspaƱa dando arreones caprichosos de fortuna, porque del talento solo no se vive. La RAE define al duende como āencanto misterioso e inefable (que no se puede explicar con palabras)ā. Un duende que, perezoso como la madre que lo parió, se le aparece a la selección espaƱola cuando le da la gana.
Con el deseo de que el duende visitara a la selección española, aterricé en Sevilla para ver un España-Polonia, segundo partido de la fase de grupos tras un triste empate contra Suecia.

En el avión conocĆ a AdriĆ , un chaval que viajaba con una camiseta de la selección y con una riƱonera playera cruzada en el pecho. Nada mĆ”s. Viene al partido y vuela de regreso a Barcelona a la maƱana siguiente. Espera a un amigo que llega de Canarias y no reservan hotel porque empalmarĆ”n, de bares, hasta regresar al aeropuerto al amanecer. Para ahorrarādice. Se gana mi admiración de inmediato y le digo que le invito a compartir el taxi del aeropuerto hasta Sevilla. Insiste en darme 10ā¬, pero le digo que estĆ© tranquilo, que lo invito con gusto. Preocupado por el plan de AdriĆ , le pregunto al taxista que a quĆ© hora cierran los bares. Me dice que cree que a la una. Miro a AdriĆ esperando una reacción, pero el noi ni se inmuta. Ā”QuĆ© hermosura la juventud!
Me siento algo burguĆ©s cuando nos bajamos del taxi y nos despedimos. Yo entro al Hostal Casa de los Mercaderes. Ćl se diluye por la Plaza de San Salvador, engullido por una luz de sol que ya castiga antes del mediodĆa. Sin renegar de mi relativa burguesĆa, almuerzo en una terraza con la Giralda asomando por un costado. A mi izquierda dos polacos se beben una pinta de cerveza sin levantar cabeza de sus móviles. A la derecha un grupo de espaƱoles come carne con patatas mientras rajan de Morata. Mi amigo AndrĆ©s me dijo que los espaƱoles, tanto en fĆŗtbol como en polĆtica, funcionamos de la misma manera: siendo muy espaƱoles y muy patriotas si es la EspaƱa que nos gusta. La lealtad es un valor en desuso. Recuerdo melancólico al capitĆ”n Alatriste callarle la boca al malparido de Malatesta cuando este le toca lo suyo (El caballero del Jubón amarillo. PĆ©rez-Reverte, 2003): āMi rey es mi rey. Es el que me tocó en suerte y no tengo otroā.
Desde aquel dĆa que me emocionĆ© leyendo una carta original de Colón al Rey Fernando, intento visitar el Archivo de Indias cada vez que voy a Sevilla. En aquella carta, Colón, despuĆ©s de dorarle la pĆldora a su majestad, le solicitaba muy amablemente, y con exceso de cortesĆa, que se metiera por el orto la comida que le enviaba desde EspaƱa porque ellos comida tenĆan, y lo que necesitaban era vino. En esta visita a la exposición del archivo encuentro documentos originales relacionados con epidemias y vacunas. Entre ellos, el listado de los 22 niƱos que en el 1803 participaron en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Estos niƱos fueron llevados a AmĆ©rica y hasta Filipinas como portadores de la viruela para poder usar sus virus, en la fase final del contagio, como herramienta (antĆgenos atenuados) de vacunación.



Me reĆŗno con mis amigos murcianos. Salva viaja con otros doce. Romero con otros dos. Con Salva y Romero coincidĆ en la selección universitaria. Ellos eran centrales y yo medio centro defensivo, y tambiĆ©n central a ratos. Nos tomamos una foto con la Giralda de fondo y bromeamos diciendo que, aun rondando los 50, aĆŗn estamos para defender una porterĆa si nos ponen a dos buenos carrileros. Cerca de la Plaza de El Salvador encontramos una terraza donde nos sentamos los 17 murcianos. TambiĆ©n se dejaron caer por allĆ mi amigo bĆ©tico Enrique RoldĆ”n con un par de secretarios. Tras casi dos aƱos de relación por el ciberespacio, compruebo que Enrique es igual de majo en el mundo real que en el virtual. Por la mesa circulan cervezas, patatas bravas, platos de queso curado, jamón y montaditos. Se tarareó el āQue viva EspaƱaā (de Manolo Escobar) y el Himno a Murcia (Canto a Murcia, de la zarzuela La Parranda). Las horas pasan con la atemporalidad que acompaƱa a los buenos raticos. Ni idea de cuĆ”ndo nos sentamos ni de cuĆ”ndo nos levantamos de esa mesa. No sĆ© si los montaditos de lomo-queso salieron a las 3 o a las 5 de la tarde. Eso es gloria bendita despuĆ©s de un aƱo de pandemia. El pĆ”nico llegó al llegar la cuenta. Aquello habĆa sido un desmadre. Se necesitaba a un economista de mucho nivel, y menos mal que nosotros llevĆ”bamos a Richard en el grupo, que es gerente de MercaMurcia, y resolvió problemas matemĆ”ticos que parecĆan imposibles.



Una vez reubicados en el universo espacio-tiempo, pensamos en recargar los móviles porque las entradas eran electrónicas y no podĆamos arriesgarnos a llegar al estadio sin baterĆa. Subimos cuatro a mi habitación de hotel, dejamos los móviles cargando y nos vamos a tomar un cafĆ©. De regreso, los móviles no estĆ”n cargados porque al llevarme la tarjeta de la habitación que activa la luz, tambiĆ©n me llevĆ© la electricidad a tomar el cafĆ© solo con hielo. La vida es tan agradecida que te recuerda regularmente que eras mĆ”s tonto de lo que crees. Entre risas, el grupo acepta mi torpeza (no serĆa la Ćŗnica del dĆa). Mean y ventosean en el baƱo y nos vamos para el estadio de La Cartuja.
Guiados por un murciano adoptado por Sevilla, tomamos un bus que nos acerca a un puente que cruzamos caminando para entrar en la Isla de La Cartuja. Si te quieres perder con el amor de tu vida en una isla, que no sea la de La Cartuja. Rodeada por dos brazos del Guadalquivir (uno convertido en dĆ”rsena), la isla transmite la austeridad de los monjes cartujos, cuyo monasterio de La Cartuja da el nombre a la isla. Avenidas sin vida nos llevan a un estadio que por fuera no tiene ningĆŗn atractivo. Parece un centro comercial, o un hospital. Sin embargo, por dentro es guapo, pero la pista olĆmpica es como una verruga en la punta de la nariz.

En la puerta nos escanean un QR del móvil. Mi certificado de vacunación se queda en el bolsillo porque nadie me lo pide. Unos dĆas antes, la UEFA pedĆa una PCR negativa para entrar al estadio (rectificaron a las 48 horas), pero el dĆa del partido ni siquiera tomaban la temperatura. Un ejemplo mĆ”s de la confusión que algunas instituciones han generado durante la pandemia de la COVID-19. Y mira que tenĆan disponible desde hace meses el libro Raticos de Coronavirus repartiendo todos los conceptos claves de la COVID-19 cortitos y al pie.
Entre la pista de atletismo y el aforo reducido por la COVID-19, el ambiente es mĆ”s frĆo que un cumpleaƱos inuit. Lo del pĆŗblico llevando mascarillas en el estadio parece un capĆtulo de la serie Black Mirror. La acĆŗstica es mala. Lo que cantan los de un lado llega tarde al otro y cuesta sincronizar los cantos. Hablando de sincronización, lo de tararear mal el himno es para hacĆ©rselo mirar. Toda una vida sin escuchar cantar bien el himno espaƱol en un estadio. Y eso que no tiene letra. Metemos un lo, lo, lo cuando toca un la, la, la, o yo quĆ© sĆ©, pero no hay manera.
Cómo estarĆa el ambiente que empieza el partido y ni me entero. La megafonĆa del fĆŗtbol moderno tampoco ayuda. Es como el lĆder autoimpuesto y cansino de un grupo de amigos. La megafonĆa moderna intenta liderar algo que no le pertenece. Hasta el gol de EspaƱa llega de manera artificial. Morata marca. El Ć”rbitro lo anula. No se protesta mucho, pero el VAR dice mĆ”s tarde que sĆ. Que ha sido gol. Ah vale. Pues venga. Nos abrazamos y tal. Un gol concedido tras la revisión el VAR es un gol descongelado en lugar de fresco. No sabe igual.
En los estadios intento buscar personajes que llamen mi atención, pero aquella noche en La Cartuja no tuve ni que moverme de mi asiento. Justo en la fila de abajo estĆ” sentado un seƱor que lleva tatuado en el antebrazo derecho āWien 2008ā. No levanta la cabeza del móvil. Aprovecho para seguir haciendo el dron y descubro que en el izquierdo tiene tatuado āKyiv (Kiev) 2012ā. Impaciente, le pregunto por la espalda que dónde tiene tatuado āJohannesburgo 2010ā. Sobresaltado por mi aparición, y parece ser que hastiado de que le pregunten siempre lo mismo, me contesta algo muy feo. Que la lleva tatuada en⦠Luego, mĆ”s calmado, me cuenta que es de Burgos y que estuvo en todos los partidos de la selección en esas dos Eurocopas. No fue a los mundiales porque no le gusta ir a āSudĆ”frica, Brasil y sitios asĆ rarosā. El personaje no acaba de conquistarme y lo dejo tranquilo con su móvil, al que hizo mĆ”s caso que al partido.
La selección espaƱola, al igual que en el primer partido contra Suecia, tiene el balón, pero no hace daƱo. Ni siquiera asusta. No hay vĆ©rtigo. Hay calidad, pero no hay duende. Falta ese duende que cuando visita al talento lo hace saltar de órbita acercĆ”ndolo a la eternidad. PodrĆa ser un duende intermitente, como el que acompañó a Curro Romero. O el duende que se queda a vivir contigo, como el de Paco de LucĆa, o los que cohabitan con Messi, o con Lewandowski.
El nueve polaco vive mĆ”s feliz que nunca con su duendiski y esta temporada ha marcado 41 goles en la Bundesliga para ser bota de oro. AsĆ, en su segundo remate a puerta, el duendiski inspiró al nueve polaco para tocar sutilmente a Laporte, lo justo para desactivarlo y rematar de cabeza el empate a uno.
Por si no quedaba claro que el duende no pretendĆa cogerle el telĆ©fono a la selección espaƱola esa noche, Gerard Moreno tiró un penalti al palo y el balón le cayó a Morata en forma de melón, y como melón salió volando del campo.
Mientras transcurre el partido, los encargados de seguridad se pasean vigilando que todo el mundo tenga la mascarilla puesta y, claro, no dan abasto pidiendo a la gente que se pongan la mascarilla. Unas personas con peto amarillo vigilaban, y si no les hacĆan caso, llamaban a un seƱor trajeado y este a la policĆa. Recordaban al colegio, cuando al portarte mal el marrón ascendĆa desde el profesor al jefe de estudios, y de ahĆ al director.
- ĀæSe jugó muy mal, no?ā me pregunta mi amigo Sergi por whatsapp.
- Falta chispa. Duende. Pero puede aparecer.
- Eso āme contesta.
Mientras hacĆa la tesis doctoral en Alicante, estuve dando clases de flamenco durante dos aƱos. Bailaba dos o tres veces por semana. Si algĆŗn dĆa el duende se asomó a aquella academia de baile se fue muerto de la risa al verme. Conmigo no habĆa nada que hacer. Sin embargo, tenemos una selección con campeones del mundo, de Champions, de Liga, de Premier y de Europa League. El duende tiene motivos para llegar y quedarse un tiempo con este equipo porque hay talento.
En el siguiente partido, contra Eslovaquia, el duende se acercó al olor de la mesa puesta por Luis Enrique. Busquets preparó una tortilla de patatas, Azpilicueta cazón en adobo y Sarabia unos pimientos rellenos. El duende, con su encanto misterioso e inefable, se quedó a cenar con nuestra selección.
Esperemos que, contra Croacia y durante el resto de la Eurocopa, el duende no nos haga los numeritos que le hacĆa a Curro Romero, levantĆ”ndose de la mesa y marchĆ”ndose sin avisar. A Curro le machacaron, y hasta intentaron agredirle, por algunas malas tardes sin duende. Pero yo con la selección soy Alatriste con su rey. Soy aquel que tras una corrida nefasta en la Maestranza gritó «”Curro, el aƱo que viene va a venir a verte tu madre… y yo!Ā».
@raticosdefutbol





